domingo, 16 de junio de 2019

Dos, no una

El modo con que se presenta la crisis venezolana suele primar a una de las partes. Sin embargo, lo complicado de la situación reside en el hecho de que no se puede hacer eso si se quiere entender qué sucede. Aunque la "tesis XI" diga que "los filósofos han querido entender el mundo; lo que hace falta es transformarlo", el caso es que si no se entiende una situación, difícilmente se puede cambiar si no es a peor, a no ser que se produzca una de esas grandes casualidades históricas en las que realmente se mejoran las cosas aunque se pretendiera algo distinto y que, aparentemente, iba hacia lo peor. Para trasformar algo, sí parece que habría que entenderlo antes, a no ser que se pretenda un resultado propio de juegos de suma-cero (el ejemplo lejano que se me ocurre es el del gobierno srilankés frente a los tamiles), es decir, ganar destruyendo totalmente al contrario, cosa que no parece sea posible en la Venezuela contemporánea.
Por eso, hay que recordar que existe un estado rentista y república petrolera, pero también sanciones externas. Hay gobierno corrupto (con su boliburguesía que incluye a los militares) e incompetente, pero también una oposición fragmentada e incapaz de ser una alternativa viable. No es "los de arriba" frente a "los de abajo" porque, según se mire (social, política o económicamente) "arriba" y "abajo" cambia de contenido. Hay un problema político (quién manda aquí), pero también un problema social que incluye el aumento de violencia, asunto en el que Venezuela ya tenía índices preocupantes y que ahora han aumentado.
De todas formas, no se trata de  elegir entre "el imperio ataca a Venezuela, destrozándola" y "el chavismo destroza a Venezuela, malgobernando". Se trata de encontrar una solución para el bienestar de mayorías que incluye sus necesidades básicas de seguridad, libertad e identidad.

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