miércoles, 3 de abril de 2019

Abstenciones

La abstención de determinados sectores puede producirse por factores muy diversos. Por un lado, tenemos problemas con una oferta que se ha fragmentado, con divisiones importantes dentro de los partidos tradicionales, cambios de chaqueta espectaculares y denuncias de corrupción contra líderes políticos. Por otro lado, cansancio, hastío y convicción de que el propio voto sirve para muy poco. Encima, una cuestión más general: auge de partidos racistas de extrema derecha junto a ideas peregrinas sobre la naturaleza del Estado proclamadas por políticos muy significativos. ¿Españoles ante elecciones de abril-mayo? No, palestinos con derecho a voto en Israel en las legislativas del 9.
Los palestinos son, efectivamente, una quinta parte de la población del Estado de Israel. Con derecho a voto y con grupo parlamentario propio en la Knesset, el parlamento israelí. Pero ahora la posibilidad de dos listas diferentes se convirtió en un argumento más para no ir a votar en un país en el que el primer ministro ha sido denunciado como corrupto y ha afirmado que esos palestinos pueden ser ciudadanos, pero que el Estado es un Estado Judío. No extrañe que Ha’aretz, periódico israelí, viendo esas causas y temiendo esa abstención, haya afirmado en editorial que sería un desastre para esos mismos palestinos. Cierto que los partidos palestinos no van a ganar (aunque sería ideal que llegaran a formar parte de una coalición de gobierno) y cierto también que su trabajo parlamentario será torpedeado por los parlamentarios de los partidos racistas de extrema derecha. Pero estar ausentes sería todavía peor.
Otro argumento de sociología comparada: a mitad del siglo XVIII, los separatistas americanos (en lo que después serían los Estados Unidos) decían aquello de “No taxation without representation” (no hay tributación sin representación). Protestaban así de tener que pagar impuestos a los centralistas ingleses sin tener un mínimo de representación política en las instituciones que decidían qué hacer con el dinero así recaudado. Si pago impuestos, venían a decir, tendría que tener voz para elegir a mis representantes para que ellos puedan incidir en las decisiones de gasto público. Evidentemente, estos argumentos no tienen nada que ver con las cuestiones sentimentales e identitarias que dominan escenarios políticos tan diversos como el israelí o el español. Pero no son irrelevantes. Eso sí: los USA es abstencionista donde los haya.
Junto a la abstención por experiencia de la inutilidad del voto está la abstención forzosa por quedar excluidos de la posibilidad de votar (“disenfranchisement”, supresión del derecho a votar) que a veces se produce en los Estados Unidos, dejando fuera de tal derecho personas o colectividades que el correspondiente poder político supone contrarios a la propia línea de acción. Nada que ver con otro de los trucos de que disponen en tal país para “orientar” el voto final, a saber, el “gerrymandering”, la artificiosa construcción de distritos electorales para que las mayorías sean las que desea o prefiere el que los dibuja. En algunos casos, de forma muy espectacular, como en Pennsylvania. En contextos más cercanos, lo más parecido es la adjudicación de un número determinado de puestos a cubrir de forma que el sistema proporcional se convierta en prácticamente mayoritario (un buen ejemplo es el sistema electoral catalán que permite que obtengan mayorías parlamentarias los que no las consiguen en el conjunto del electorado local).
Finalmente, está la abstención militante, la de los que no creen en el sistema político y sus elecciones y dicen que si rechazan uno tienen que rechazar las otras. Hay, pues, quien se abstiene porque cree que su voto no vale mucho (primer tipo), quien se abstiene porque no le dejan votar (segundo tipo) y, finalmente, quien practica la abstención por principios (tercer tipo).
Visto lo visto y sabiendo que el segundo tipo afecta aquí a relativamente pocas personas y que los del tercer tipo tienen convicciones difíciles de cambiar (aunque alguna vez hayan votado, que también pasa: porque pueden), el problema es el de la abstención del primer tipo y ahí el argumento se trasforma en “a quién favorece mi abstención” y no tiene fácil respuesta. Cada caso es un mundo.
El camino más corto es decir que votar es un deber democrático. La contra-respuesta es presentar la lista de violaciones de las normas democráticas llevadas a cabo por algunos (¿muchos?) de los que se someten a votación. No llegan a violaciones, pero en esas respuestas también se incluye el exceso de trucos para mejorar las propias expectativas electorales, algunas ya prohibidas (las inauguraciones), otras todavía en vigor (convocarlas cuando conviene). Veremos.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(Desconozco qué sucede, electoralmente hablando, con los palestinos y los no-judíos cuyos territorios, como los altos del Golán, son incorporados a la fuerza y son sometidos al gobierno de Israel. Supongo que sin representación.  Hay propuestas para saber qué sucede en tales territorios desde un punto de vista legal más amplio)

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