sábado, 16 de marzo de 2019

Por pedir que no quede

Ayer se produjeron numerosas manifestaciones en el mundo. Eran estudiantes que pedían una pronta decisión sobre el cambio climático. Noventa y tantos países, centenares de miles de participantes. Esta madrugada he escuchado por las radios españolas comentarios y reportajes. Mis problemas (no mi rechazo)
Primero, los negacionistas, los que, de entrada, niegan el problema sobre el que habría que tomar decisiones. Y no son irrelevantes. En la política, Trump, Bolsonaro y, en la práctica, no en la retórica, Xi. En la economía, como el presidente chino, numerosas multinacionales que pueden descender a la retórica, pero que no van a permitir que sus dueños y accionistas pierdan a corto plazo en aras de evitar un lejano y problemático problema futuro.
Segundo, y es lo que da título a este post, que me recuerda el referéndum del Brexit en el Reino Unido y el del Catalexit en Cataluña. Claridad en los fines: independencia, autoestima, identidad, mundo mejor (para ellos). Silencio sobre los medios y, sobre todo, sobre los costes, quedando, por tanto, ausente un análisis coste beneficio. Ahora no es lo mismo, claro. Los fines son la supervivencia de la especie en este Planeta (recuérdese la propuesta de Hawking: emigrar a otro planeta), pero los medios no quedan claros ni si el coste a corto plazo es suficiente como para que, en aras de un futuro (in)evitable, se supere el riesgo de catástrofe total mediante políticas en el presente. 
Tercero, visto lo sucedido con el modesto plan del Acuerdo de París, es decir, que no ha sido aplicado por la mayoría de gobiernos, lo que se propone, mucho más drástico, nunca (insisto: nunca) va a estar en el programa electoral de ningún partido incluso no-negacionista (la retórica es gratis: lo que cuenta es la práctica). Tienen razón los jóvenes manifestantes al ver con desconfianza (y eso es ser muy benévolo) a la clase política mundial.
Cuarto, si el problema es planetario, la solución tiene que ser planetaria. Las decisiones aisladas de gobiernos y multinacionales benévolas con el medioambiente y que intentan la "transición", lo que puede generar es el "teorema del gorrón": que aplicar esas medidas tenga un coste que los que no las aplican no tienen que sufrir, con lo que la competitividad de los países y de las multinacionales se alteraría a favor de los negacionistas o de los retóricos no practicantes. Porque ser "respetuoso" tiene un coste que los negacionistas y retóricos no tendrían.
Quinto, que este conjunto hace pensar en el "dilema del prisionero" que inmoviliza a quienes tendrían que tomar decisiones, es decir, los gobiernos y las multinacionales. 
Claro que esos estudiantes y sus familias pueden intentar tener un comportamiento más allá de la retórica y ser respetuosos con el medioambiente, cosa que nunca es perfecta, al margen de sus efectos comprobables. Morirán (moriremos) con la satisfacción del deber cumplido.
(Añadido el 22: datos y cifras sobre la inversión de las grandes petroleras en negacionismo)

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