miércoles, 6 de febrero de 2019

No es gratis

Lo que intentaron en 2017 los secesionistas catalanes fue una declaración unilateral de independencia frente a España, noticia de estos días por los estridentes avatares del proceso (esta vez judicial). Algunos eurófobos ingleses pretenden una salida unilateral frente a la Unión Europea mientras otros prefieren una salida negociada partiendo de un referéndum, el de 2016, que no dejaba clara la disyuntiva. Lo primero, Catalexit, fue considerado ilegal y por eso unos huyeron al extranjero y otros están a espera de juicio por aquellos actos. Lo segundo, Brexit, se está haciendo según todas las normas propias del país y de la Unión. En ambos asuntos, la diferencia entre los que querían quedarse y los que querían independizarse era pequeña, de ahí las dificultades adicionales para llevar adelante la secesión. Salirse, sí. Independizarse, evidente. Pero sin tener muy claro el cómo ni qué hacer al día siguiente ni, mucho menos, los costes.
En el pleito catalán, aquella frustrada (simbólica según otros) declaración de independencia fue seguida por el cambio de sede fiscal por parte de grandes empresas (esas que los independentistas habían dicho que nunca se irían). No era un gran cambio: se iban de un sitio para pagar impuestos en otro de momento y quedaban a la espera, con la pusilanimidad que les caracteriza, del resultado de la aventura, evitando así la siempre denostada “inseguridad”. Sus gurús economistas lo habían previsto, pero en sus impecables modelos estaba que no huirían en tales proporciones ni por tanto tiempo: volverían al redil a lo más a los cinco años. Habría que verlo, como se podría ver qué sucedería precisamente en esos años y si tendría arreglo o corrección o era un daño irreparable.
El trámite del Brexit está siendo más doloroso para la estructura económica del país: grandes empresas se van, se han ido, y no solo por cambio de domicilio fiscal. Lo peor: numerosas pequeñas empresas barajan hacer lo mismo si se produce el "Brexit duro", es decir, el unilateral. Porque no se trata de cambiar el domicilio fiscal, acto más bien simbólico, sino de llevarse la factoría, es decir, generar desempleo, cosa que no está el país para esos trotes como ya empieza a notarse sea cual sea el resultado. Llevarse una planta de fabricación no es lo mismo que llevarse (parte de) los servicios centrales administrativos de una empresa por ejemplo financiera. Y ya comienzan a leerse argumentos sobre lo que podría suponer el Brexit (sin distinguir entre “duro” y “blando”). Para el Catalexit, hay varias razones para desconfiar de lo que pueda decir el gobierno central o el gobierno autonómico sobre dicho impacto. Y mucho más de lo que pueda decir la oposición. Parece como una operación generalizada de arrimar el ascua a la propia sardina, y sardinas hay varias.
Ningún problema con que los ciudadanos estén dispuestos a asumir esos costes al compararlos con el mucho mayor beneficio que les supone sentirse libres de la tutela de una instancia política superior (Madrid y Bruselas respectivamente) y gozar del ejercicio de actividades relacionadas con la propia identidad, amén del placer solitario que produce la autodeterminación. El problema es que esos probables (y tan probables) costes han sido sistemáticamente ocultados a la ciudadanía cuando no negados de manera explícita. Para las grandes empresas, expertas muchas veces de evasión de impuestos y capitales, no es problema. La globalización tiene eso: que puedes conseguir los beneficios casi en cualquier lugar del Planeta. Para el ciudadano que se queda sin empleo o que encuentra más caros determinados bienes y servicios, sí que es problema. Pero ya se sabe que eso es materialismo ramplón a decir de los idealistas de la gloria nacional de la que, a veces, obtienen algunos beneficios personales de índole material.
Hay quien ha recordado la historia de Ulises y las sirenas para describir el entorno en que se da. Efectivamente, hay cantos de sirena que procuran apartarnos del camino razonable y nos lleven al entusiasmo del naufragio. La diferencia es que, ahora, no es posible, como hizo Ulises, taparse los oídos para no resultar seducido por aquellos cánticos, que no se reducen a los independentistas, sino que alcanzan a los unionistas, que también cuentan con sus propias y seductoras sirenas. Para complicarlo, no se olvide incluir en el cuadro a los aquejados de las respectivas fobias, anti-europeas y anti-españolas, en ambos temas incluso con algunos toques minoritarios de racismo.
En este contexto, no resulta fácil seguir el dicho de Machado y pararse “a distinguir las voces de los ecos”.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(El gobierno de Londres bien que se preocupa, pagando ¿eh? pagando, de mantener las manufacturas en el país evitando que se vayan factorías como las de Nissan. Se perderían 7.000 empleos en Sunderland. Pero no parece que haya consenso ni siquiera dentro del gobierno. No sé de otros casos ni de otros países)
(Añadido el 19: Ahora es Honda la que dice que se va. Termina con 3.500 empleos en Swindon, donde, por cierto, fue mayoritario el voto a favor del Brexit. Ahora allí echan la culpa al gobierno)

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