martes, 19 de febrero de 2019

Cuestión de nombres

Lo planteaba Joan Fuster para el País Valenciano (hoy Comunidad Autónoma). Pero ahora aparece en contextos muy variados. Y no es tanto el que el nombre dificulte entender la realidad, sino que se trata de tomar decisiones políticas de alto nivel apoyándose en el nombre que tiene resonancias del pasado que algunos (o muchos) encuentran rechazables.
Colón, por ejemplo. En Los Angeles su estatua ha de ser quitada. Ya se sabe, fue el causante del genocidio perpetrado contra los pueblos originarios. Que fuera el culpable y si todos los genocidios de aquel continente fueran iguales (anglosajones e hispanos, por ejemplo), eso no importa.
En Barcelona, se va a suprimir el nombre de la calle Príncipe de Asturias que será sustituido por algo menos problemático. Ya se sabe que los borbones no son apreciados por los pocos que saben de historia y los muchos que saben que no deben ser apreciados. Cuestión de nombres.
Pero el mejor caso es el de las Filipinas. Su presidente quiere cambiar el nombre del país, de resonancias colonialistas o conquistadoras. Ya se sabe.
Es difícil saber si detrás de estas decisiones hay un intento de desviar la atención de otros asuntos de más calado o son, simplemente, asuntos muy secundarios en la agenda del gobernador, alcaldesa o presidente, pero que los medios encuentran digno de atención por encima de asuntos más de fondo.
Otra cosa sería, como sucede en el Ecuador, prohibir la publicidad extranjera.
Siendo niño, en los primeros años del franquismo, leí en casa un texto (no recuerdo el autor, ni lo tengo memorizado literalmente, ni si era contemporáneo o reflejaba situaciones pre-franquistas). Lo que su autor venía a decir era que los nombres de las calles con nombres propios no deberían cambiarse, sino, sencillamente, hacerlos preceder de un adjetivo que mostrase las preferencias políticas de la autoridad competente en cada caso: Egregio o impresentable, pero siempre Fulánez. Pues no. En las Españas, la cosa de la Memoria Histórica ha llevado a algunos cambios realmente chuscos. Pero así es la vida. Se cambian los nombres y así se cambia la realidad. Reino de Valencia, pues.

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