miércoles, 20 de febrero de 2019

Abusos de poder

El burócrata ve al usuario como el médico al paciente, el docente al alumno o el juez al reo: desde arriba en el peor de los casos, de manera asimétrica en todos. Son situaciones en las que una parte tiene la capacidad de decidir sobre algo que interesa mucho a la otra parte, y hacerlo, pretendería, sin control alguno. No es siempre así, pero es interesante encontrarse en esas situaciones.
El burócrata/empleado/funcionario tiene a su disposición los reglamentos y protocolos que puede eternizar el propósito del usuario, ciudadano, cliente, público. Puede pedirle una fe de vida al que tiene delante, cosa que él no puede proporcionar, pero sí otro funcionario que, en el mejor de los casos, está en despachos cercanos, pero que, para desgracia del pagano, suele estar en un edificio diferente, a veces no precisamente al lado del que el ciudadano está sufriendo. Claro que el sufridor puede protestar, pero su protesta es probable que se difumine a lo largo de pasillos interminables. El proceso, de Kafka. Por suerte, los servicios públicos están llenos de funcionarios que llevan a cabo su trabajo de manera impecable a pesar de lo tedioso que resulta enfrentarse al mismo tipo de rituales oficinescos muchas veces al día. Por eso, encontrarse con un burócrata en el peor sentido de la palabra resulta tan descorazonador.
Si el burócrata controla la andadura de tu expediente, el médico controla algo más importante e inmediato: tu salud. La distancia entre médico y paciente, por mucha empatía que se haya generado a lo largo de varias consultas, siempre es muy alta. Él sabe, tú no. Y puede darte la salud. No exageremos: no siempre puede, pero eso no hace al caso. Lo que hace al caso es la necesidad que tiene el médico de no involucrarse emocionalmente con los problemas del paciente. Sería un tormento que acabaría con la salud mental de cualquiera si hiciera propios los problemas que encuentra en la consulta o quirófano. Claro que puede abusar de esa distancia y de esa asimetría y acompañar con risitas la consulta, añadir preguntas malintencionadas que buscan dejar en mal lugar al enfermo y despedirle con palmaditas en la espalda llenas de desprecio, castigándole así por algún error que el paciente cometió en su día. Pero ese abuso es también raro. Lo normal es atención, sin exceso de empatía (por cuestión defensiva como he dicho), pero mostrando interés por que el enfermo vea que el médico está por su salud. Se puede, sí, elevar una protesta en la sanidad pública o cambiar de médico tanto en la pública como en la privada, pero son, también, casos raros como raros son los, al parecer, crecientes casos de violencias por parte de pacientes o sus familiares. Hipócrates siempre acaba mandando.
Otra cosa es el juez que puede fallar a favor o en contra del acusado, declarándole inocente o culpable. Si médico y burócrata suelen estar sentados al mismo nivel, aunque separados por una mesa, el juez estaría incluso físicamente por encima del presunto delincuente que otros le han traído. Puede prevaricar, faltaría más. Puede declarar culpable (o inocente) a quien sabe o supone inocente (o culpable) y hacerlo por motivos muy variados desde la ideología a laxenofobia o misoginia pasando por la simple simpatía o antipatía o las sencillas relaciones personales con el acusado o los denunciantes o sus familiares. Algún juez ha terminado en la cárcel por ello, un castigo que es rarísimo para burócratas o médicos. Pero es obvio que, al igual que los dos anteriores, tienen limitaciones a su omnipotencia. Y siempre se puede recurrir, cosa que no es tan fácil con aquellos. Como en los anteriores casos, son minoría los prevaricadores, pero, como las meigas, haberlos haylos.
El docente también controla un bien precioso para el alumno: el aprobado. Es un bien menor. Menor incluso que el expediente del burócrata. Pero es un bien “negociable” como se ha sabido de profesores pedófilos o de compra/venta de aprobados a cambio de bienes de diversa índole. Aquí la transacción puede partir de cualquiera de las partes, maestro o discípulo (y estoy usando términos genéricos que incluyen a ambos sexos). Suele haber algún tipo de defensor del alumno que, por lo general, juega a favor del alumno, lo cual no es mala idea, a saber, jugar a favor del débil, como débil es el cliente, paciente o acusado y no siempre “el sistema” juega decididamente a favor del débil, aunque lo haga formalmente. Pero esa es otra historia.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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