miércoles, 16 de enero de 2019

Etiquetas

Mi favorita es "populistas". He recogido una media docena de definiciones, no siempre coincidentes, y las he ido usando para ver si encajaban con los comportamientos así etiquetados. Mi conclusión es que no siempre etiquetar algo como "populista" responde a una definición previa. Más bien, muchas veces, no es otra cosa que una herramienta más para evitar la "funesta manía de pensar".
Veamos cuál sería el procedimiento deseable. Comenzaríamos describiendo un comportamiento (por ejemplo, una serie de declaraciones a los medios o un conjunto de discursos públicos), un programa electoral o una elaboración teórica. Buscaríamos alguna forma de clasificarlos y recurriríamos a diversas clasificaciones hasta encontrar lo que mejor encajaba con lo observado. Y procederíamos a su correspondiente etiquetado. Pero ¿qué es lo que suele suceder? Pues que veamos algo que no nos gusta y busquemos una palabrita, a ser posible despectiva, con que etiquetarlo. Ejemplos hay muchos. Así, a vuelapluma (o vuelateclado), tenemos progre (mucho mejor si "trasnochado"), fascista (mucho mejor, "facha"), reaccionario, derecha e izquierda (a los que ya me he referido en otras ocasiones). 
Lo interesante es que algunas de estas etiquetas son negativas para unos y positivas para otros. Claro que hay quien se siente orgulloso de su progresismo, aunque otros le insulten llamándole progresista. En qué consista ser progresista, eso ya no parece tan digno de mención ni, mucho menos, bajar a detalles y, todavía menos, tener criterios discriminatorios: si dice esto es que es progresista o progre (obsérvese, de paso, que, si se trata de menospreciar, esas dos últimas palabras no son intercambiables). Algo parecido, aunque no del todo, sucede con fascista solo que ahí siempre cabe el recurso historicista de "cosas que hacía, decía y proponía Mussolini". Lo he escuchado como insulto, pero empieza a dejar de serlo.
La cosa se puede complicar si varias etiquetas se usan de manera simultánea. Por ejemplo, populista de derechas y populista de izquierdas. Si ya es complicado definir derecha e izquierda de manera rigurosa (no vale autodenominarse una cosa u otra sin aportar definición y pruebas), no te digo añadirle una palabra de definiciones tan dispares como "populista". Mi impresión, que creo fundada, es que no se trata de clasificaciones llevadas a cabo para entender mejor las cosas. Al fin y al cabo, el mundo real, en su complejidad, no hay más remedio que abordarlo con simplificaciones. Sin embargo, cuando se cruza la débil línea que separa el reconocimiento y necesaria simplificación de la complejidad por un lado y el simplismo por otro, es fácil darse cuenta de que tales etiquetas se usan contra el contrario, como una forma de denigrarlo. Cierto que se puede estar orgulloso de ser de derechas o ser de izquierdas. Para ser exactos, de autodefinirse tal cosa, sin tener clara y distinta la definición. Casos conozco. Por el contrario, no conozco a nadie (igual es mi vida social reducida por definición) que esté orgulloso de ser populista de derechas o populista de izquierda. Eso, por lo que veo, siempre son otros.
Nada que objetar, aunque preferiría una buena descripción de comportamientos o ideas antes de proceder al etiquetado. Está dentro del lenguaje ambiguo de la política y la necesidad de atajos simplificadores.
Un caso muy especial y en muchos países es la palabra “terrorista” que se suele utilizar no para etiquetar un determinado tipo de actos violentos, sino solo si están perpetrados por personas relacionadas con el Islam. En el caso estadounidense, esos actos, si son llevados a cabo por personas que no lo están, raramente se les llama terroristas. Se prefiere locos, inadaptados, resentidos, marginales, pero no terroristas y casos ha habido, como el de Oklahoma City de 1995, en el que el acto se tildó de terrorista, pensando en los árabes musulmanes, hasta que se supo que no había ningún tipo de participación de nadie relacionado con el Islam, sino que había sido un “blanco, anglosajón, protestante” (WASP). A partir de ese momento se dejó de etiquetar con la palabra “terrorista”.
En general, creo que mejor nos iría si cuando nos encontramos con alguna de estas etiquetas facilonas nos preguntáramos qué es exactamente lo que se está haciendo, si describiendo o insultando, si analizando o reflejando prejuicios. No es por nada. Son ganas de reducir engaños que la ambigüedad de las palabras refuerza. Reducir, no suprimir. Porque esto último, lo de suprimir, dado como somos, parece imposible. Un ejemplo, sin ir más lejos, este mismo artículo dedicado a las etiquetas y, por supuesto, toda la serie. Nadie es perfecto.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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