viernes, 14 de diciembre de 2018

Peligrosa desigualdad

La desigualdad social es inevitable, pero el exceso de desigualdad es peligroso y los conservadores del orden establecido tendrían que saberlo.
Veamos. Tómese un resorte. Sepárense sus extremos. En un primer momento es fácil y, probablemente, no se puede hacer otra cosa. Ahora sepárense un poco más. Se verá que cuesta algo más, que hay que hacer esfuerzos mayores para aumentar y mantener tan separados sus extremos. Hay que inventar algo para que la cosa siga. Pero si se separan todavía más los extremos del resorte hay un punto en que este ya no resiste y, sencillamente, se rompe.
Traducción de la metáfora: el primer párrafo de este post. Es impensable la igualdad total. Siempre habrá desigualdad y los criterios pueden ser muchos, incluidos los físicos y las condiciones ambientales. Pero el riesgo para el orden establecido (que incluye tal desigualdad) viene del exceso de desigualdad. Por ejemplo, cuando los de un extremo quieren aumentar su distancia respecto al resto: lo que puede producirse es una ruptura del sistema.
¿Está el mundo cerca de tal punto de ruptura? Sí y no. Podría estar cerca si la desigualdad mundial fuera entre individuos. Efectivamente, la distancia es excesiva (eso ya lo dejó claro Branko Milanovic) y ningún resorte la resistiría sin romperse. Lo que sucede es que la realidad social es algo más complicada que lo que sugiere la metáfora del resorte (por ejemplo, raramente vuelve a su posición de origen). En el mundo hay un instrumento para gestionar la desigualdad mundial entre individuos, esa desigualdad que se mide comparando, en el ejemplo que cito, la riqueza de unas pocas personas (los millardarios) con la riqueza del otro extremo. El instrumento es el Estado. De hecho, esa desigualdad extrema que se encuentra comparando individuos ya no es tan fuerte si lo que se compara son estados.
Cierto que el problema se vuelve a plantear dentro de cada estado: hasta qué punto su desigualdad es peligrosa para el orden establecido (insisto: que incluye la desigualdad). Pero también ahí hay instrumentos disponibles. El clásico, una vez se sabe que el igualitarismo total es imposible, es la socialdemocracia que reduce, no suprime, la desigualdad: impuestos hacia arriba y políticas sociales hacia abajo. Sería lo más racional para "los de arriba", pero solo a un insensato se la ocurre decir que somos animales racionales. La alternativa puede ser con dos políticas que no se excluyen: pan y circo por un lado, es decir, engaño, manipulación, sentimientos provocados, y, por otro, represión policial. En general, el principio "el que se mueva no sale en la foto", que es la formulación más benévola.
Dejando las teorías y bajando a la realidad, no nos extrañemos del auge de los nacionalismos (estatales y subestatales) en paralelo con el auge de la desigualdad, de la aparición de "chalecos amarillos" cabreados por recibir la parte peor de la tarta (versión "o jugamos todos o rompemos la baraja") y de bienintencionados manifiestos como el liderado por Thomas Piketty recientemente. La socialdemocracia, por lo menos en Europa, ni está ni se la espera.

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