miércoles, 12 de diciembre de 2018

Para qué las manifas

Si, al pelar patatas, me corto inesperadamente un dedo porque se me escapa el cuchillo, es posible que suelte un “ay” expresando así mi dolor. Es, pues, un comportamiento expresivo que se agota en sí mismo y no permite una evaluación que vaya más allá de su pertinencia: me supe aguantar, soy un quejica o no vale la pena dejarse llevar por reacciones espontáneas. También puedo, diligentemente, lavarme las manos, poner un desinfectante y rodear el dedo dañado con la correspondiente “tirita”. Es un comportamiento distinto: es instrumental. Es un medio que pongo para obtener un fin y ahí es mucho más fácil aplicar criterios de evaluación: si ese medio es suficiente o excesivo respecto al fin de evitar problemas en el dedo. Demos un salto.
Vayamos a 2003 y a una de las mayores manifestaciones callejeras que se recuerdan en los archivos. No solo en las Españas, sino en todo el mundo. Cierto que se discutía el número (siempre aproximado) de participantes por ejemplo entre los organizadores que hablaban de millones entre los que había tomado las calles de Madrid y Barcelona y los centenares de miles que decían desde el gobierno central. Fue la manifestación del “No a la guerra”. La de Irak, por supuesto. Se trataba, eso sí, de un comportamiento expresivo. Recuerdo la de Alicante y la gente que encontré. Pero si hubiera sido un comportamiento instrumental (manifestarse para evitar la guerra o contra el Partido Popular), habría sido un fracaso. Guerra hubo. Y si se trataba de, como hubo quien dijo, de una manifestación contra el gobierno del PP encabezado por José María Aznar, el hecho es que en las siguientes elecciones dicho partido obtuvo mayorías holgadas en muchos de los ámbitos en los que estaban convocadas.
Seguimos en esas. Siempre hay quien dice “¿escucharán los gobernantes el clamor de la calle?”. Y lo que dice la calle sobre la violencia contra las mujeres, las pensiones, Cataluña y servicios públicos, los “chalecos amarillos”, la sagrada unidad de la Patria o los huesos de Franco, por poner algunos ejemplos rápidos, tiene una respuesta muy fácil: cuántos son y qué proporción suponen sobre el colectivo que dicen defender con un comportamiento pretendidamente instrumental echándose a la calle. El porcentaje siempre es bajo. Mucho incluso y eso hasta cuando son, como la del “No a la guerra”, supuestos millones. Bueno, millones claro que los hubo, pero sumando todas las “manifas” en Europa sobre el tema con lo que, encima, el porcentaje caería todavía más.
Después de una muy posterior manifestación en Alicante sobre política social, no tan numerosa como la de Irak, pero en todo caso masiva, coincidí en un restaurante chino con personas que también habían participado en la misma. Tuve que sonreír internamente. Venían entusiasmadas por la movilización y se hacían la pregunta de rigor sobre los efectos que tendría. Craso error: se había tratado de una protesta, de un comportamiento expresivo, por lo que la pregunta sobre los efectos casi era innecesaria.
Sin embargo, y a diferencia del “ay” por mi inexperto tajo, sí que tenía efectos. No por parte de los gobiernos que, efectivamente, “no escucharon el clamor de la calle”, pero sí entre los participantes que, de alguna manera, se veían “confirmados en la fe”. Muy sencillo: lo que no puede ser objeto de verificación empírica (como “si suelto esta piedra, seguro que cae”) acabamos creyéndolo porque lo compartimos con otros. Sucede con las religiones y las ideologías políticas: generan sus mecanismos de “confirmación en la fe”, grupos, parroquias, células, agrupaciones y, sí, comportamientos de masa, que son particularmente útiles a este respecto...
… y particularmente peligrosos por decirlo todo. Pueden tener, como motivación, frustraciones y carencias (a las que me referí la semana pasada) y dar paso a la agresividad. “Pueden”, insisto, porque no sucede por necesidad, pero explican la violencia de algunas manifestaciones y contra-manifestaciones con independencia de la ideología de sus participantes, ya que los hay de muchos colores, incluso al margen del convencional etiquetado de “derecha e izquierda”. Si, como comenté, hay más gente que se declara de “extrema izquierda” que los que lo hacen de “extrema derecha, el auge de las manifestaciones clasificables como de “extrema derecha” ha de ser entendido en su medida. Es sabido: la frustración produce agresividad y esta busca objetos sobre los que descargarse, objetos que se justifican con la ayuda de pertenencia a grupos que definen con claridad tales objetos. El recurso, incluso bienintencionado, a la Constitución es insuficiente: tiene mucho de expresivo.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(Una enumeración de las manifestaciones producidas en la penúltima semana puede verse aquí
Aquí una entrevista situando el fenómeno francés de los "chalecos amarillos" en un contexto histórico más amplio
Los "barras bravas" argentinos también son peculiares)

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