domingo, 2 de diciembre de 2018

No me lo creo

Y espero que no te lo creas. Es la diferencia entre un argumento basado en un mínimo de pruebas verificables y un argumento basado en la fe (creer en lo que no se ve). La plantea aquí a propósito del "no me lo creo" del gobierno Trump sobre el cambio climático, administración en la que hasta la palabra "cambio climático" está prohibida.
La fe no se pueda probar. A lo más, puede pretender argumentos que la hagan inteligible -fides quaerens intellectum, que decían los escolásticos-. Creíble, no demostrable.
Pero eso no quiere decir que no hayan razones para creer. Las hay. Y el artículo que cito repasa algunas puestas en práctica por el susodicho gobierno. La más inmediata es la de hacer creer (fe sobre la fe) que los contrarios forman parte de una vasta conspiración. La más obvia es que el presentismo político (y el que venga detrás que arree) lleva a evitar pasar de la fe cierta al probabilismo científico (porque el cambio climático no es cosa de fe).
Y ahí entra mi pesimismo al respecto. Primero, porque el presentismo es una enfermedad de todo gobierno y consejo de administración que se precie. O, por lo menos, el cortoplacismo. Que algunos gobiernos como el estadounidense lo diga a las claras no quita para que otros gobiernos no lo digan, pero lo hagan, es decir, no tomen decisiones al respecto. Segundo, porque las tímidas medidas anunciadas (que no tomadas) para un futuro más a o menos lejano por algunos gobiernos europeos no tienen por qué ser la solución. Y, tercero, porque si el problema es planetario (global, mundial), la solución tendría que ser igualmente a escala planetaria. De nada sirve que yo deje de hacer determinadas cosas si el primer contaminador-agresor sigue en sus trece aduciendo su fe contra toda probabilidad científica. Los grandes contaminadores (G-20) se reúnen para otras cosas.
La reunión de estos días en Polonia tendría que ser un éxito, pero no lo será. Primero, porque sus decisiones no serán unánimes y, como digo, tendrían que serlo (pensar globalmente, actuar globalmente). Y, segundo, porque el cortoplacismo, enfermedad senil de los centros de decisión -insisto que de gobiernos y consejos de administración-, dejará en papel mojado tales decisiones. Piénsese, si no, en qué ha pasado con las decisiones de las cumbres anteriores, en particular con las decisiones que tenían algo que ver con la realidad realidad y no con la retórica y cuya puesta en práctica podía someterse a verificación empírica. Estamos atrapados. Menos mal que siempre nos quedará la fe.

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