miércoles, 7 de noviembre de 2018

Globalización renqueante

He comprado en la ferretería del pueblo una masilla. Fabricada en el Uruguay, distribuida en Bolivia, Paraguay, Chile y Costa Rica e importada por una empresa de Valencia. Con la globalización hemos topado, Sancho amigo.
La globalización puede ser descrita, y así lo hizo la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa como “la cada vez mayor integración económica de todos los países del mundo como consecuencia de la liberalización y el consiguiente aumento en el volumen y la variedad de comercio internacional de bienes y servicios, la reducción de los costos de transporte, la creciente intensidad de la penetración internacional de capital, el inmenso crecimiento de la fuerza de trabajo mundial y la acelerada difusión mundial de la tecnología, en particular las comunicaciones”. Cosa reciente, como bien se sabe. Pero no.
“La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América.  El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra.  A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba [la gran industria], crecían sus capitales [...]”
“La [gran industria], al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo.  Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común.  Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal”.
No usan la palabra “globalización” pero el avispado lector habrá reconocido el contenido, al que solo he introducido dos pequeñas modificaciones para hacerlo comprensible. Pero resulta ser de 1848. Sí, sí, 1848 y, como los pocos rojos del lugar habrán registrado, del Manifiesto Comunista de Marx y Engels. Pues ni eso.
El presidente Trump se ha declarado, recientemente, nacionalista. En contra del globalismo. America first, final de la hegemonía. Obsérvese, de paso, que nacionalista se puede ver como miembro de una supuesta nación buscando su Estado, pero también como miembro de un frágil Estado buscando su nación. Nada, pues, de mercado mundial en cuyos residuos se introducen con entusiasmo cuotas y aranceles, por lo general por parte del fuerte contra el débil. Nunca de igual a igual y todo ello sin olvidar los efectos del intercambio desigual entre proveedores de materias primas (los de abajo) y los de productos manufacturados (los de arriba), con lo que los primeros se empobrecen y los segundos se enriquecen.
Cuando se toman en consideración todos los factores de producción, a saber, capital, materia prima, mano de obra, tecnología, y gestión empresarial, las “globalizaciones” adquieren su propio sentido. La hay, y tanto, en el terreno del capital: movimientos mundiales libres legales e ilegales en todas direcciones y a todas horas. La materia prima es algo más problemática ya que hay algún que otro monopolio o parecido a escala mundial que gestiona los precios. La mano de obra NO está globalizada: las fronteras cada vez parecen más muros infranqueables. La tecnología y las técnicas de gestión se exportan del centro a la periferia generando una mayor dependencia e introduciendo controles en los pocos flujos “globalizados” que quedan. Los productos finales, ya lo he dicho, sufren cada vez más de cortapisas a su flujo libre.
Quedan dos globalizaciones: la del medioambiente y su riesgo no para el Planeta, sino para la especie humana y la de una tradición que une humanistas como Terencio, San Agustín, Montaigne, Marx, Nietzsche o Unamuno. Pero somos cuatro gatos. 
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(Aquí un excelente artículo analizando los factores que han llevado a muchos estadounidenses a apoyar el proteccionismo anti-globalización del que Trump es apóstol, pero no causante. Se refiere a la mundialización del país en el terreno del comercio, la inversión y, sí, la inmigración y los efectos que ha tenido en el constatado aumento de la desigualdad y en el aumento del miedo y la ansiedad ciudadana haciendo que esos ciudadanos se retiren al refugio de las identidades no solo nacionales-nacionalistas como antídoto a tal globalización (en paralelo, Trump, como se cita más arriba, declarándose "nacionalista" y no "globalista" y cada vez más xenófobo y más en esta campaña electoral). Como sus autores piensan que la globalización, a pesar de ello, es beneficiosa no solo para el país, proponen medidas para reducir sus efectos negativos: políticas redistributivas, inversión pública en la educación primaria y la formación profesional e impuestos a las empresas que sí se han beneficiado de esa mundialización del país)

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