miércoles, 10 de octubre de 2018

Reparar las democracias

El artículo se inicia con una constatación de la tendencia general: sucesivos triunfos del autoritarismo incluso en países en los que, viendo lo que estaba sucediendo, se pretendía que "eso no puede pasar aquí". El que avisa no es traidor, viene a decir, y piensa en la necesidad de plantearse el sistema educativo en su conjunto para que la población se inmunice frente a la epidemia de ofertas cargadas de fobias (xenofobia, homofobia, islamofobia y demás fobias -estoy pensando en unas que he detectado directamente de vez en cuando, a saber, la hispanofobia y la catalanofobia-). Prevenir habría sido mejor que, a estas alturas, intentar curar. A estas alturas, y como electores, se trataría, dice, de elevar el listón para los cargos públicos. Todo lo que lleve a "cabezas frías y pies calientes" mejor para el peor de los sistemas, exceptuando todos los demás. 
Sin embargo, demasiados entusiasmos es lo que se puede observar, entusiasmos que pueden llevar, y llevan de momento, a enfrentamientos callejeros como los que se producían, a principios del siglo pasado, con los "squadristi" ya no solo fascistas sino ocupando los extremos de un espectro político caracterizado por la "polarización fragmentada" como se pudo ver ayer en la ciudad de Valencia en el Día de la Comunidad: valencianistas, catalanistas, anticatalanistas, ultraderechistas (con saludo hitleriano incluido), antifascistas, todos en la calle, muchos autoritarios de diverso signo, y la policía "pacificando".
En una situación así, no se sabe si es la polarización la que va a terminar por dominar (con eventual destrucción del extremo contrario como ya pasó en un sentido y otro) o la fragmentación que genera desencanto y frustración puede estar pidiendo un "cirujano de hierro". El que avisa no es traidor.

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