viernes, 26 de octubre de 2018

Nacionalismo emocional

Dos textos que me han hecho pensar, aunque traten del presidente Trump. 
El primero utiliza un texto de Orwell para ver hasta qué punto la contraposición "globalista"-"nacionalista" tiene sentido si, sobre todo, se entra a discutir qué significa exactamente ese segundo término que se ha declarado el Presidente. No todo Orwell es trasladable a la actualidad (alguno de los comentarios al texto lo recuerdan), pero sí recoge características que parecen observables en nacionalismos contemporáneos como el catalán, inglés, español, italiano, polaco, húngaro, austriaco, alemán, belga -flamenco y valón-, francés, corso etc. etc. Porque el nacionalismo puede ser tanto estatal como subestatal (Estado a la búsqueda de su nación y Nación a la búsqueda de su Estado). Arriesgado decir que, históricamente, nacionalismo y fascismo han ido juntos: anacronismos aparte, los nacionalistas Padres de la Patria en las nacionalistas Cortes de Cádiz se revolverían en sus tumbas.
Hay cosas que no me convencen en el texto, como, por ejemplo, el recurso a "patriotismo" tan mal definido como lo es el "nacionalismo", pero algunas ideas sí que se me han quedado, por ejemplo, que se trata de triunfar sobre la verdad, sobre todo cuando se defiende a los personajes propios. Efectivamente, la verdad (adecuación entre lo que uno dice y lo que las cosas son) es irrelevante en este contexto y, así, se ha podido afirmar cualquier cantidad de dólares para las ventas de armas a Arabia Saudita: según la declaración de Trump que se consulte, se tendrá una cifra u otra. La verdad no importa.
El segundo texto es menos denso y se puede tomar como un descanso después del anterior. Lo que viene a decir es que es inútil buscar racionalidad política en la política exterior del actual gobierno estadounidense ya que lo que domina es la emoción, el sentimiento.
Y ahí, otra vez, me he tenido que acordar del caso Madrid-Barcelona, que no es un partido de fútbol, sino una porfía entre dos gobiernos y sus respectivos seguidores, todos ellos dotados de medios de "informar" a sus seguidores e hinchas. 
Me lo preguntó anteayer, en su fiesta de cumpleaños, un colega y, a pesar de ello muy amigo, extranjero al que respeto y admiro: Cataluña. Él tiene una solución brillante para el impasse. Le contesté que su solución es, probablemente, la mejor con la condición de que los actores actúen racionalmente, lo cual no es el caso. Lo que predomina es la emoción, el sentimiento azuzado por las acciones del "otro" que, así, aglutinan más al "nosotros". O aglutinaban, porque, como se dice, el punto de ruptura se conoce solo una vez se ha producido y cada vez más hay quienes se preocupan al ver qué supondría la ruptura para unos y otros. El Brexit está ahí como espejo deformante, pero espejo.
Hay, sin embargo, le decía, un elemento de racionalidad en el embrollo: la racionalidad electoral, la pretensión de todo partido que se precie de aumentar sus votos. En Cataluña, se pretende polarizando unionistas y secesionistas, pero peleando dentro de cada polo (por eso hay un cierto desencanto que se intenta superar con una fugue en avant y proliferación de actos simbólicos y teatrales que emocionen a los propios, es decir, les "confirmen en la fe"). En (el resto de) España el truco es mostrarse intransigente llamando "golpistas" a los secesionistas y mostrando "todo el peso del Estado de Derecho" (así, con mayúsculas y sin fisuras ni defectos).

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