sábado, 15 de septiembre de 2018

Bis in idem

Vuelvo al tema de anteayer, cayendo así en lo que critico. 
Resulta que, según mi costumbre, vi anoche dos telediarios españoles sucesivos (una cadena privada y una pública) y esta mañana me he echado a los ojos dos editoriales de dos periódicos madrileños, El País y El Mundo (el ABC que veo en digital hoy no me deja claro si tiene editorial al respecto, pero sí se ven editoriales anteriores y abundantes colaboraciones sobre la cuestión). 
¿Y de qué va la tan trascendental tema -tema en femenino, sí-? Pues de la tesis del presidente del gobierno, cuyos detalles fueron puestos en duda por un líder de la oposición y fue, inmediatamente, recogido por estos medios, amén de otros digitales. El asunto se inscribía en los tres escándalos que ya habían llevado a dos, no a tres, dimisiones, una de una gobernante local (PP) y otra de una ministra (PSOE). Algunos de los comentarios demuestran un profundo, si no culpable, desconocimiento de las normas que rigen matriculaciones en cursos y obtenciones del certificado correspondiente. Es política y, por lo visto, en política todo vale, incluido el desprestigiar una institución como la universitaria usando mala información y artera generalización.
Sin embargo, y siendo cierto y de juzgado que existen chiringuitos universitarios en los que lo que cuenta es el poder y el dinero y poco más, la tónica general es bastante más seria y formal de lo que esos episodios hacen creer. Ni todos los políticos son unos "hincha-currículum" ni todos los masters son una engañifa para regalar a los amigos ni todos son gestionados como si se tratara de un grupillo de narcotraficantes. Que hay un problema en las universidades, sí. Pero que no está tan generalizado como pueden hacer creer estos escandalillos (porque muy importantes no los veo a pesar de la machacona insistencia con que se nos describen o se suponen intenciones o se confunden normas con aplicaciones).
Hay, de todos modos, algunas cosas que sí me parecen indicativas de lo que está pasando.
Primero, la "titulitis" y la tendencia a hinchar currículos creyendo que así se "vale" más en un mercado de oferta y demanda. Enternecedor cómo algunos currículos de políticos han sido retocados muy recientemente por propia voluntad o por intervenciones académicas, reduciendo las auto-adjudicaciones de tales títulos. 
Segundo, la epidemia (observable, estoy seguro, en todas las carreras universitarias y en los últimos niveles pre-universitarios y, a lo que me cuentan quienes siguen en activo, de total presencia en la actualidad) de "copiar y pegar". Puedo contar anécdotas de hace diez años cuando tenía como práctica habitual intentar detectar los plagios en los trabajos que me presentaban los estudiantes. Incluyen a un guardia civil, estudiante de doctorado. El primer caso que tuve fue particular: suspendí a la alumna por haber plagiado y recurrió al defensor del estudiante que me explicó que "si no lo había puesto en la guía docente" no podía suspender a nadie porque hubiera copiado. De nada sirvió que el contara que, en algunas universidades estadounidenses (esas a las que se mira con devoción algo bobalicona), el plagio suponía expulsión automática. No pude suspenderla gracias al "defensor". El caso más sencillo, el de una alumna que me preguntó cómo había descubierto su plagio (en aquellos tiempos no se disponía de herramientas informáticas para detectar tales malas prácticas y había que hacerlo, como quien dice, a mano): le mostré una palabra que ella usaba en su trabajo, me dijo que no sabía qué significaba y le dije que yo sabía que ella no sabía qué significaba, así que tenía que haber copiado de algún sitio que, por cierto, no me costó mucho encontrarlo gracias a San Google, un santo muy milagrero.
Y, tercero, además del "todo vale en política", la facilidad con la que escandalillos como este ocultan escándalos de mucho más calado. Ya me referí a él para el caso español: las diferencias entre el ministerio de Defensa y el de Asuntos Exteriores a propósito de la venta de armas de precisión -lo de precisión es para que quede claro que no van a matar niños, supongo, y el que se lo crea, que se lo crea- a Arabia Saudita que en un primer momento se canceló para después reactivarlo y, así, evitar que ésta cancelara a su vez el contrato para construirles cinco fragatas -supongo que de precisión- en factorías españolas. Poderoso caballero es don dinero, ya dije. Aun a costa del armamentismo. O, si se prefiere, hay que mantener los puestos de trabajo aunque se estén perdiendo en otros sectores y no pase nada. Habrá que hacer un máster.
¿Y qué hacer con las demandas de asilo e inmigración ilegal, ahora que España es el primer destinatario de ese tráfico inhumano en el Mediterráneo? De nuevo, como en el caso de las armas, una enorme dificultad para conjugar el control de fronteras, la actividad humanitaria y la defensa de la vida. Habrá que hacer otro máster.

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