domingo, 26 de agosto de 2018

Xenofobia contra venezolanos

Con independencia de lo que conté ayer (realidad mayor o menor de la salida de venezolanos de su país), hay un hecho del que los medios vienen haciéndose eco desde hace días: la creciente xenofobia entre las poblaciones de acogida o recepción, sea en el Brasil o, después de pasar por Colombia, en el Ecuador o en el Perú. Amplio apoyo de imágenes televisivas, no necesariamente referidas al asunto, pero eso no hace al caso. El tema tiene muchas facetas.
Antes que nada, recordar que los animales humanos comparten con otros animales un rechazo instintivo hacia el diferente de su propia especie. Los que trabajan el cerebro han encontrado dónde se localiza tal rechazo: en la parte más primitiva del cerebro, la amígdala, digamos que en cerebro reptil. Y añadir de inmediato que esa reacción instintiva que compartimos con otros animales tiene un elemento que nos hace diferentes: las zonas más "recientes" del cerebro, la neo-corteza, la racionalidad, es capaz de evaluar ese rechazo y superarlo fácilmente. Cuestión, también de educación, ya no de instinto.
Los humanos también tenemos la pereza mental de tomar la parte por el todo: si ha habido un inmigrante venezolano que, agobiado por la necesidad, ha robado, eso se convierte en una prueba de que todos los venezolanos son ladrones. Tengo experiencias personales de haber encontrado en otros ese tipo de razonamiento referido a los gitanos y de lo fácil que fue demostrar que no todos los gitanos eran como aquel con el que había tenido problemas el afectado por el prejuicio. Prejuicio, pues, es algo con que miramos la realidad antes de evaluarla, pre-juicio, antes del juicio empírico o racional.
En condiciones de frustración y ansiedad colectivas, como pueden ser las comunidades deprimidas en las que acaban "cayendo" (es el mejor verbo) los inmigrantes, el presentar un objeto sobre el que descargar la propia agresividad, suele tener éxito. Es posible que aparezcan líderes de opinión (o políticos oportunistas) que dirijan y conociendo las agresividades de poblaciones con problemas las orienten hacia el extraño (xenofobia) y hacia el que forma parte de un colectivo con miembros problemáticos (prejuicio).
En la ciudad de la que mi pueblo es un satélite (así son las cosas), ha habido algunos problemas menores pero reales con los moros. Al fin y al cabo, el puerto es una puerta. Pero nunca hubo problema alguno con jeques que alquilaban todo un piso del mejor hotel de entonces, prohibían la entrada de sirvientes masculinos (o femeninos, de eso no me acuerdo) y hacían y deshacían a su antojo sin ningún problema con la dirección que sabía que pagarían lo que hiciese falta. Quiero decir, volviendo al tema, que además de xenofobia y prejuicio aquí interviene algo más: el clasismo. Y en dos sentidos. El primero, que siempre resulta gratificante encontrar a alguien por debajo de uno mismo en la escala social. En un viejo estudio en el que participé sobre el empobrecimiento de las mujeres, ese mecanismo apareció varias veces: mujeres pobres que buscaban quién estuviera más abajo que ellas ("los negritos de África", decía una), para sentirse algo menos mal. Y el segundo que "el que paga, manda": los de "arriba", por definición colectiva, nunca producen problemas y, encima, hacen gasto. Los de "abajo" son todo lo contrario.
Con las referencias a los "moros" (he mantenido el lenguaje) y a los gitanos (roma) he querido decir que el problema no es solo de los inmigrantes venezolanos, sino que aparece en muchos otros contextos. Solo que ahora la cuestión venezolana es fruto de cobertura mediática. Pero, yendo a América Latina, me gustaría saber cómo les fue a los bolivianos en Argentina o a los cubanos en el Ecuador, con todos estos matices de clase social que siempre hay que introducir si uno no quiere quedarse atrapado en las fronteras de los propios prejuicios, más o menos provocados arteramente.

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