miércoles, 13 de junio de 2018

Partidos líquidos

Se decía que “la energía ni se crea ni se destruye, solamente se transforma”. No sé si sigue siendo válido, pero sí sé que el dicho no se aplica a los partidos políticos que, como se ve, pueden crearse, ciertamente se transforman y ya hay suficientes antecedentes de partidos que se destruyen. Está por ver qué se aplica al Partido Popular.
En estos días de aniversario de “mayo del 68”, bastará recordar el sistema de partidos francés bajo de Gaulle o el italiano, con su boyante Democracia Cristiana, su referente Partido Comunista (el “Pi Chí”) o el no menos importante Partido Socialista. Y, claro, el Partido Único en España (el Movimiento) y la proliferación de partidos (“sopa de letras”) que siguió a la muerte de Franco con algunos clásicos como el Partido Comunista o el Partido Socialista Obrero Español que a poco celebraría sus “100 años de honradez y firmeza”.
Sin irse tan lejos, y en el terreno de las transformaciones, basta recordar qué fue de Alianza Popular, magníficamente franquista, transformada y “centrada” en el Partido Popular. Pero no se olvide al viejo Partido Socialista (el que fundó Pablo Iglesias el otro), abandonando el marxismo, rompiendo con los sindicatos (dolorosamente con la UGT) y sufriendo desde el gobierno una huelga general. Y ya en nuestros días, no se olvide que, desde el punto de vista de los encuestados, y en esas preguntas en las que 1 es izquierda y 10 derecha, Ciudadanos pasa de “centrista” (un 5) en 2015 a “derechista” (un 7) en 2018. Creo que en este grupo de transformados no es preciso incluir a Convergencia Democrática de Cataluña que solo cambia el nombre, primero Partido Demócrata Europeo de Cataluña para llegar al inefable Junts per Catalunya, con aquella curiosa coalición del PDeCAT consigo mismo, Convergencia, a efectos de subvenciones, pero evitando pagar errores pasados.
También hay destrucciones sonadas. La de UPyD por ejemplo, pero, con mucho más fondo, la de la Unión de Centro Democrático que, una vez centrifugada, dio paso al Centro Democrático Social con el denostado entonces Adolfo Suárez (“tahúr del Mississippi”) que, después, daría nombre a un aeropuerto y hasta a una calle en mi pueblo. Y digo centrifugada porque muchos de sus líderes buscaron acomodo en partidos anteriormente antagonistas como el PSOE y el PP.
Hay un caso particular y es el del histórico Partido Comunista, originado de una escisión desde Juventudes Socialistas antes de la última guerra civil. Era “el” Partido, pero, por diversas razones y no todas limpias, comenzó un declive que le llevó a inventar una coalición, Izquierda Unida, y a difuminarse en un partido nuevo, Podemos, con gran pena por parte de algunos líderes históricos del PCE, en particular, precisamente, desde Asturias.
Se crean, se trasforman, se destruyen. De eso no hay duda. Pero, ¿por qué se producen estos cambios? Hay, creo, factores muy diversos que actúan de modo diferente en cada caso que, una vez más, hay que someter a análisis concretos de situaciones concretas. Pero tales factores sí pueden enumerarse.
Como dijo el expresidente Aznar en su reciente y criticada intervención, no es que los ciudadanos hayan perdido el contacto con sus partidos, sino que son los partidos los que han perdido el contacto con los ciudadanos. Es un mal bastante común. Los partidos, organizaciones humanas, tienen que resolver un problema interno importante: quién y cómo manda aquí. El problema, entonces, se da en la cúpula y en lo que Michels llamaba la tantas veces citada pero no reconocida “férrea ley de la oligarquía”: grupúsculos dentro del partido asumen la dirección entrando en peleas internas para ver quién manda más que quién. Puede ser el caso del PP de ahora. El efecto previsible es, sí, una desconexión con su posible electorado para el cual habrá quien proponga una nueva oferta o, simplemente, acabará desapareciendo en la medida en que disminuyen los ingresos para mantener las maquinarias partidistas. Una adaptación a tales demandas puede ser una de las causas de la trasformación (fue la del PSOE, dijera lo que dijera Izquierda Socialista). Pero la bancarrota de un partido, sea del origen que sea, es, sin duda, un factor que ayuda a su destrucción, como puede haber sucedido con Izquierda Unida fagocitada por Podemos.
Hay desapariciones dramáticas y son las que tienen que ver con casos extremos de corrupción política (que se lo dijeran a Bettino Craxi, que murió en el exilio) o, en todo caso, con asuntos que el electorado rechaza. Pero como en España el electorado aguanta…
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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