martes, 5 de junio de 2018

Aníbal Quijano

Murió la semana pasada. Coincidí con él un par de veces. Sociólogos los dos, al fin y al cabo. Primero, en Quito. Después, en Alicante después de una rocambolesca peripecia para lograr su visado desde los Estados Unidos donde él estaba entonces, pero vino, por fin, en un contexto en el que nosotros manteníamos una cierta tendencia de "aprendiendo del Sur", como titulamos uno de nuestros encuentros en la Universidad de Alicante (de hecho, el último que organicé antes de mi jubilación y orientado hacia el Buen Vivir, Sumak Kawsay, Suma Qamaña).
Mi primera noticia sobre sus andanzas la tuve en Cuenca, Ecuador, cuando una asistente a mi charla esgrimió el concepto de "colonialidad del saber" y yo le rogué que me lo explicara "con peras y manzanas", es decir, aplicado a casos concretos. No supo. La verdad es que nunca acabé de entender el intento de absolutizar el concepto.
Que hubo eurocentrismo (otro de los términos que Quijano utilizaba) parece que no se puede dudar. Pero ese "euro" se vino abajo, cuando aparecieron los Estados Unidos (desde donde Quijano vino a Alicante, como digo), apareció la Unión Soviética, y la China y el Japón y los No-Alineados y tantos hechos que hacían complicado aplicar a los hechos (que, como se sabe, son tozudos) la idea de que el saber occidental formaba parte de una estrategia (consciente o inconsciente, no importa) colonizadora del resto del mundo (había, eso sí, numerosos datos que lo probaban) pero sin que hubiera ningún reflujo ni, todavía mejor, producción local que influía en occidente (me refiero ahora a las ciencias sociales).
Hubo sí, Proyecto Camelot, por parte de los Estados Unidos, para "infiltrar" las ciencias sociales latinoamericanas. Se abortó (por cierto, en la wiki que cito no hay ninguna referencia al papel de Johan Galtung, entonces profesor en la FLACSO que entonces solo estaba en Chile, es decir, antes de Pinochet).
He usado abundantemente la palabra "eurocentrismo". Creo que se refiere a una realidad incontestable: la de un continente que se creyó el centro del mundo cuando había suficientes datos imperiales para afirmarlo y que se lo siguió creyendo cuando tales datos desaparecieron y el mundo se hizo todavía más complicado. Por otro lado, la "colonialidad del saber" es solo una parte de un proceso inicialmente eurocéntrico, pero que dejó de serlo muy pronto. Tanto en sus vertientes conservadoras (la economía convencional) como revolucionarias (el marxismo) hubo contracorrientes y modificaciones que casi no dejan ver su origen eurocéntrico. Y la llamada "globalización" vino a complicarlo todavía más.
Quijano, como todo innovador, se aferró a los conceptos que había introducido en la discusión y el análisis. No ha sido el único en las ciencias sociales contemporáneas y me excuso enumerar las "palabritas de autor" con las que se han producido oleadas de modas intelectuales, más ocupadas en la palabrita que en la cosa. Es el riesgo de unas ciencias sociales que, para mi disgusto, hacen suyo el final de El nombre de la rosa de Umberto Eco donde lo de "el nombre" ya es significativo: "Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus".
No le quito mérito. Fue admirable y lo muestra en sus obras. Pero fue humano, como todos, aunque su visión tuvo una perspicacia por encima de la media. Lo que no sé es cómo aguantará su producción el paso de los años.

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