miércoles, 9 de mayo de 2018

Decir a qué "religión" pertenece alguien, no basta

Decir a qué religión pertenece alguien no es suficiente para entender algunas cosas importantes que van desde la posición de dicha religión sobre asuntos candentes hasta llegar a temas más espinosos como el terrorismo.
Sobre la posición oficial de una religión, baste recordar las enormes diferencias que se dan, dentro de cada una de ellas, entre sus diferentes confesiones (por ejemplo, entre católicos, ortodoxos y protestantes -con sus variantes-), pero también dentro de cada una de ellas.
No se trata tanto de los conflictos entre algunos obispos católicos y el Papa de Roma a propósito de la comunión de los divorciados o la aceptación de los homosexuales. Me refiero a algo más sencillo que tiene que ver menos con las jerarquías y más con los creyentes.
Estos pueden clasificarse en tres grandes grupos, aunque las fronteras entre ellos son más bien difusas. Tenemos, en primer lugar, a los devotos. No hace falta que sean integristas y quieran imponer al resto de la sociedad lo que es propio de su particular forma de entender su religión. De eso se sabe bastante si se recuerda lo que fue el nacionalcatolicismo español y sus residuos actuales. Los devotos son los que viven una adhesión plena a creencias y prácticas propias de su religión. Cinco oraciones al día, ayuno del Ramadán, prescripciones alimentarias.
Después tenemos a los tibios. Esos que, según la Biblia, “Dios los vomitaría”. Alguna práctica (por ejemplo, alguna misa, pero no todos los domingos), alguna creencia más o menos nebulosa, pero un papel menos intenso de su religión en su vida diaria.
Finalmente, en el otro extremo, están “los que ya se han ido”, llámense apóstatas o herejes que han pasado a otra religión o, peor, ateos que abandonan cualquier tipo de creencia, pero que han sido educados en el seno de una familia de cualquiera de los dos tipos anteriores, familia que mantiene las correspondientes costumbres y los correspondientes lazos sociales con los que comparten creencias y prácticas, con mayor o menos intensidad, pero que las comparten.
Estos últimos, en un contexto particularmente “tibio” como es el español, no suelen tener grandes problemas de convivencia. Irán a bodas, bautizos y entierros y no harán la más mínima en las misas que los acompañan y en las que lo único que se les ocurre comentar es la calidad del sermón del cura, más o menos funcionarial, es decir, tibio, o más o menos devoto, es decir, militante. Pero, que yo sepa, no hay muchos datos al respecto.
Curiosamente sí que los hay para los musulmanes que, en los Estados Unidos, pasan del primer grupo al segundo e incluso al tercero. Allí, el número de musulmanes ha aumentado en los últimos años, pero también ha aumentado el número de ex musulmanes. De hecho, el 23 por ciento de los educados en el Islam ya no se identifica con dicha fe, y su trayectoria, de la que sí hay algún que otro dato, ha sido muy problemática, sobre todo si va acompañada de costumbres poco islámicas como las que tienen que ver con el sexo, alcohol y algunos alimentos.
Son los que han seguido la trayectoria exactamente opuesta de los que, se dice, han seguido un “proceso de radicalización”, o sea, han dejado de ser tibios o incluso no-creyentes y han pasado a ser devotos de una determinada versión del Islam.
Por lo general, estos cambios, en una dirección u otra, suelen tener poco que ver con la religión misma. Son otros factores personales (sociales, económicos, políticos) los que llevan a cambios en el comportamiento que son acompañados con cambios en la legitimación religiosa de tales cambios.
Para entendernos: también en los Estados Unidos, donde las distintas confesiones cristianas están muy estratificadas (hay confesiones de “clase alta” y confesiones de “clase baja”, cosa que incluye el elemento racial o étnico), un cambio en la posición social de la familia puede, y de hecho suele, ir acompañada de un cambio de confesión. Sin ir tan lejos, basta ver qué sucede aquí con católicos (más o menos tibios) que han practicado, como grupo, el nomadismo durante años (si no siglos), cuando pasan a ser sedentarios: dejan su catolicismo y se pasan al “culto”, donde encuentran nuevos lazos sociales, pertenencia y estabilidad que acompaña a su nueva situación social.
Se trata, como se ve, de situaciones muy fluidas que difícilmente se dejan encasillar en cómodas categorías que hacen de la adscripción religiosa, del nivel que sea, un “determinante en última instancia”. Cuidado, pues, con el simplismo.
(Publicado en el diario Información -Alicante-)
(Lo dicho no quita para que la posición religiosa de la persona se correlacione con otros comportamientos como los electorales. En el caso de los Estados Unidos, los “nacionalistas cristianos” -los cristianos que defienden la herencia cristiana de los Estados Unidos- han apoyado claramente con sus votos a Trump, aunque no esté claro si lo van a seguir haciendo)
(Añadido el 28: enumeración de conflictos entre algunos sacerdotes, obispos y cardenales y el Papa. Decir "católico" no basta)

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