martes, 13 de febrero de 2018

Empate catastrófico

A partir de un viejo artículo del vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, dedicado al particular empate catastrófico de su país, se puede hacer lista de otros empates que se encuentran ahora en el panorama mundial.
Está, claro está, el venezolano con los avatares de diversos mediadores y, en particular, el del expresidente español Rodríguez Zapatero. Conviene tomar cum mica salis algunos reportajes españoles, contrarios tanto al expresidente español como al presidente venezolano. Pero no es exagerado pensar que también allí hay un fifty-fifty de difícil solución, excepto para quien tiene poder, que siempre puede arrimar el ascua a su sardina.
Más complicado está el empate catalán, aunque no sea más que porque ahí la cuestión del poder es más complicada. Mitad-mitad, sí. Pero no está claro quién tiene el poder. Tal vez el gobierno de Madrid, pero, como en el caso de Venezuela, el empate oculta las profundas divisiones dentro de cada uno de los bandos.
La división opositora venezolana es evidente. Pero también, aunque menos visible, parece que se da en el bando chavista. Se sabe: cuando no hay harina, todo es mohína. Pero también son palpables las divisiones en ambos bandos dentro de Cataluña: la búsqueda del poder es golosa y no siempre los partidos son capaces de poner el supuesto "interés general" por encima de su particular "interés electoral". Los tira-y-afloja para formar la Gran Coalición en Alemania son un caso curioso, tal vez excepcional.
El artículo de García Linera tiene un punto que no es tan claro en los otros dos casos que recojo: reconocer el empate implica reconocer que, aunque "mi" proyecto sea mejor, carece de hegemonía o, si se prefiere, de mayoría suficiente como para imponerlo a la otra mitad de la sociedad. Se podría aprender de Bolivia, aunque sin caer en el culto a la personalidad de suponer que el actual presidente es "poder constituyente".
Pero hay más. El empate pasa a ser catastrófico en determinadas circunstancias, en concreto en lo que se refiere a las demandas de los ciudadanos. Pongamos que, a lo largo de una recta que separa extremos políticos (derecha-izquierda, secesionismo-unionismo y similares) podemos situar esas demandas. Es una simplificación, siguiendo a Downs, pero que sirve para entender algunas cosas. Se pueden dar dos casos extremos.
El primero se produce cuando esas demandas toman la forma de una campana (la llamada curva normal): la mayoría está en torno al centro, así que los empatados A y B tienden a parecerse en su oferta para ocupar así el punto de máxima demanda.
Los situados en los extremos, como C, no tienen posibilidades ni siquiera de coaligarse con su más cercana oferta, B en el ejemplo. Total, hay empate A-B, pero no es catastrófico. Es "centrista".
Otra cosa sucede si la distribución tiene dos máximos, como en este otro ejemplo:
A y B no tienen motivo alguno para acercar sus posturas. Los partidos "centristas", como el D, no tienen mucho que hacer. Tendrán algún respaldo por parte de los que temen los efectos de la probable polarización A-B, pero serán irrelevantes. C, en cambio, puede ayudar a B a ganar a A, a no ser que quede demasiado lejos.
Obsérvese que los ejes sobre los que se construyen esas curvas pueden ser muy variados y hay que ver, en cada situación concreta, qué poner en el eje de las abscisas. En la España previa a la última guerra era el eje derecha-izquierda, una polarización catastrófica con dos puntos altos en la derecha y la izquierda. En la España hasta la crisis de 2008, en todo caso ya no ahora, el denostado bipartidismo respondía a un gráfico como el primer que he presentado, nada catastrófico, y también era sobre la variable derecha-izquierda. En cambio, en la Cataluña contemporánea, es el eje secesionistas-unionistas el que lleva a ese empate catastrófico.

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