miércoles, 10 de enero de 2018

Polarización

La polarización en Cataluña es innegable. Ya es casi una obviedad de la que no valdría la pena hablar. Se trata, sí, de una sociedad dividida en dos bloques prácticamente iguales y con prejuicios y etiquetas sobre el otro casi inamovibles. Es el reino del "fifty-fifty" en el que los trasvases de voto importantes son generalmente dentro del bloque y no de bloque a bloque. Un votante de Esquerra Republicana puede votar por Junts per Catalunya y viceversa y lo mismo sucede en el bloque contrario. Sin embargo, resulta casi impensable imaginar que un votante de Esquerra Republicana pueda votar por Ciudadanos o viceversa. Dos bloques, pues, antagónicos y prácticamente estables sin entrar en quiénes han sido los causantes de tal paralización conflictiva. Inmersos como estamos en la Piel del Toro en las sorpresas que deparan y pueden deparar las recientes elecciones, es posible que perdamos algo de perspectiva. Y es que un fenómeno como este no es tan raro.
Es la misma polarización que se encontró y se encuentra en el Reino Unido a propósito del Brexit y sus secuelas. O la que hubo en las recientes elecciones presidenciales en Sudáfrica (2.240 votos frente a 2.261) o en el referéndum turco convocado por Erdogan (51 por ciento frente al 49 por ciento, casi "a la catalana").
No es nuevo, se nos cuenta en algunos periódicos de los que he tomado estos últimos datos. La polarización inglesa de ahora poco tiene que ver, en intensidad, con la que viví en su día desde Sheffield a propósito de la huelga de los mineros de 1984-85 liderados por Arthur Scargill. Tampoco la polarización USA respecto a Donald Trump o incluso en términos raciales es comparable con los enfrentamientos negros-blancos en los Estados Unidos de los años 60. Ahora, sí, los partidarios de Trump se encuentran en barricadas mentales frente a las no menos barricadas de los contrarios mientras crece el problema racial que incluso la policía acaba fomentando, pero parece, por lo menos en el terreno racial, que la intensidad ahora es menor. Y por encontrar una polarización autóctona, recuérdese el "Me duele España" de Unamuno o el "Amamos España porque no nos gusta" de los falangistas, en un contexto de máxima polarización como es una guerra civil en la que la división de la opinión pública en dos bloques irreconciliables pudo ser utilizada por pescadores en ríos tan revueltos. La violencia es una de las salidas que tienen estos fenómenos a los que me estoy refiriendo, violencia que no necesariamente tiene que ser en los viejos términos españoles de enfrentamientos entre ejércitos más o menos igualados (que eso es una guerra civil). Hay más formas de violencia y diferentes niveles de su intensidad: un escrache o un acoso con insultos no es una guerra civil, pero violencia sí que lo es.
Hay, de todas formas, excepciones a lo que podría ser una tendencia general (que creo que no lo es). Vayan dos ejemplos: el último referéndum para permitir la reelección presidencial de Evo Morales en Bolivia dio una relativa victoria al NO y las elecciones venezolanas, en un contexto de enfrentamiento entre bloques, ha dado la victoria al gobierno frente a una fragmentada oposición.
El caso de Venezuela parece ser una excepción de una aparente tendencia general, pero no lo es Bolivia. Me explico. La tendencia es a la erosión de las diferencias derecha-izquierda, es decir, de las diferencias ideológicas (neoliberales, conservadores, socialistas, fascistas, comunistas, anarcocapitalistas, anarquistas) y su sustitución por asuntos que tienen más que ver con la identidad: la respuesta al "qué soy yo" en términos culturales y no políticos ya que la vieja identificación con un partido u otro está disminuyendo en casi todos lados -la situación boliviana tiene más que ver con el indigenismo que con identidades ideológicas o partidistas-. En cambio, el caso venezolano deja bastante clara la línea derecha-izquierda, aunque Maduro encuentre reproches a su izquierda y la derecha opositora sea ensalzada en foros muy variados europeos.
De todas formas, no quiero decir, porque los hechos cantan, que las cuestiones ideológicas hayan desaparecido. Han perdido importancia, pero no han desaparecido y, de alguna forma, reaparecen por debajo de las diferencias identitarias. Y si no, véase qué sucede dentro de los respectivos bloques identitarios catalanes, secesionistas y unionistas. Tanto entre los primeros como entre los segundos se pueden encontrar propuestas de derecha convencional y de la izquierda más clásica, aunque unos y otros se las den de “nuevos”, “modernos” y “actuales” frente a sus respectivos “clásicos”.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(También hay quien defiende que “los debates identitarios son cosas del pasado” o que deberían serlo para afrontar cuestiones más comprobables o más rentables electoralmente o que el Brexit los está planteando  (no al revés o quizás además de la dirección contraria) y quien afirma que en contextos como el iraní la polarización reformistas-radicales ha dado paso a una “tercera vía”, "los parias de la Tierra". Como en Túnez y, cada vez más, en Venezuela, aunque las negociaciones gobierno-oposición sigan su curso)

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