miércoles, 31 de enero de 2018

Diccionario personal e intransferible

Patriota. Que se refiere a la Patria, palabra que a mí me suena a violencia (un himno proclamaba, aunque se suprimió, “que morir por la Patria no es morir: es vivir”) y a militar (lo cantábamos, en el campamento -militar, por supuesto- de Paterna, con un “Camaradas, la Patria nos llama a cumplir un sagrado deber”, los quintos que desfilábamos “con las armas al hombro y erguidos”). Pero también tiene tonos tristes en aquel “Miré los muros de la Patria mía” con que se veía la realidad circundante. ¿Cuál? Pues era Ovidio el que contestaba: “Sulmo mihi Patria est”, Sulmona es mi Patria, es decir, el lugar en que me nacieron y en el que guardo mis nostalgias por la infancia perdida. La referencia a la novela de Aramburu es puramente casual. Que en América Latina haya quien hable de “Madre Patria” no deja de ser un bello juego de palabras, sobre todo si Patria se deriva de “padre”, “tierra paterna”.
Nacionalista. Que profesa una ideología nacida en el siglo XIX. El adepto cree firmemente que existe una nación (la suya) a la que él pertenece “con cuerpo y con alma” (de nuevo cito el himno de aquellos desfiles, “al lema de Dios y Nación”, que eran otros tiempos). Tiene variantes: nacionalismo político (el más visible: quiere que su nación se convierta en Estado o su Estado llegue a ser nación), nacionalismo cultural (una alternativa más aceptable si se trata de un nacionalismo sub-estatal que no tendrá así problemas con el gobierno central) o nacionalismo constitucional (lo de Habermas, también llamado “patriotismo constitucional”). A lo que cuenta, hay dos principales: nacionalismo catalanista y nacionalismo españolista que, a su vez, se subdividen según las variantes recién indicadas. Dicen que hay un nacionalismo valencianista. Lo hubo con González Lizondo y su Unión Valenciana, pero fue fagocitada por el Partido Popular. Compromís podría ser una alternativa, “catalanista”/no-“blavera” a lo que dicen.
Separatista. El que quiere separarse. Me suena a franquismo. Era el lenguaje con el que, como buen nacionalista, el franquismo buscaba enemigos ante los que enfrentarse, por aquello de que una amenaza externa hace que el grupo se consolide. También estaba lo del complot judeo-masónico y “Gibraltar español”, pero la ventaja de “separatista” es que tenía resonancias de la Guerra Civil (anterior o en curso) en la que las fuerzas unionistas (q.v.) se enfrentaron a estas separatistas, con conocida victoria de las primeras sobre las segundas, asunto que dicen que todavía colea.
Secesionista. Lo mismo que el separatista, pero que suena a lo que pretendía el IRA en Irlanda del Norte, a saber, dejar de pertenecer al Reino Unido y pasar o volver a formar parte de la “otra” Irlanda. No tiene nada que ver con la voz siguiente.
Independentista. Ingenuo que cree que, en la actualidad, se puede ser independiente. Claro que se puede intentar lograr algunas cotas de independencia, pero, como proyecto total, es imposible. Finanzas (pienso, sobre todo, en Citigroup, JPMorgan, Barclays, UBS y Deutsche Bank y los tipos de interés mundiales), internet (y los ciberataques) y medio ambiente (del que nadie puede ser independiente, por muy ecologista que sea) no dejan mucho margen para la independencia como tampoco, por definición, instituciones internacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial) o acuerdos internacionales (Unión Europea ya que puede castigar a las instituciones políticas que “se portan mal”, pero también se incluyen acuerdos comerciales varios).
Unionista. Al revés que el secesionista, el que quiere seguir formando parte de una entidad a la que pertenece en ese momento. Eran, en el caso de Irlanda de Norte, los llamados “protestantes” (como si la diferencia fuera religiosa y no social).
Constitucionalista. El que defiende la Constitución y se ampara en ella. Es, en mi opinión, el vocablo más equívoco porque constitucionalista es el que acaba aceptando, por imperativo legal y/o por deseo de liberarse de la cárcel, toda una Constitución como la española que incluye un conocido artículo 155. A veces el constitucionalista (no me refiero a los expertos en derecho constitucional, faltaría más) puede llegar a ser fundamentalista, es decir, a referirse a un texto como si fuera sagrado, eterno e inamovible y como si no hubiera tenido, desde que se promulgó, por lo menos un par de modificaciones (la de Maastricht y la de la deuda). En todo caso, esta palabra se usa para evitar la más penosa, que es la anterior y que no queda tan bien como esta.
Insisto, se trata de un vocabulario personal e intransferible. Como el pasaporte.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

No hay comentarios:

Publicar un comentario