viernes, 1 de septiembre de 2017

Sobre los atentados y no solo

Lo que ha seguido a los atentados de Barcelona y Cambrils este 17 de agosto, en particular lo que respecta al terreno de la información, me lleva a constatar algunos elementos que ya se podían observar en el anterior atentado importante en España, a saber, el de Atocha, Madrid, el 11-M de 2004. No descubro el Mediterráneo con ello, pero no viene mal recordarlos.
Primero y más evidente: los Estados mienten por boca de sus representantes (y tan Estado es, de momento y mientras no se cambie la legislación, el ministro del interior del gobierno de Madrid como el consejero de interior del gobierno de Barcelona con su jefe máximo -mayor- de su policía autonómica, tan del Estado como la guardia civil). Es difícil saber si lo hacen porque se ponen nerviosos o, más bien, es su estado natural: saben que si les pillan tampoco suele pasar nada (las mentiras de algún ex-ministro no fueron la causa de su dimisión: fueron el aderezo). Creo que es su estado natural: mienten como parte del cargo.
Después, la información de que disponen proviene de múltiples fuentes, lo cual hace que, además de las mentiras, aparezcan los errores. Un atentado (como los que acabo de citar) son asuntos sumamente complejos, hechos aún más complicados por su carácter dramático. Nadie, absolutamente nadie, puede tener una visión total de lo sucedido (el mítico mapa a escala 1:1), así que las distintas agencias con sus diferentes infiltrados, "soplones" y tecnologías pueden dar versiones diferentes de las que el político elegirá la que más le convenga en ese momento. No se excluye la posibilidad (y más que posibilidad: probabilidad) de que las agencias de investigación también mientan por su cuenta. Al fin y al cabo, están dentro del punto anterior: son Estado. Por lo menos la mayoría de las que se conocen. Y aun así, no se llega nunca al mapa a escala 1:1. Basta recordar los flecos que todavía quedan del 11-M y el pábulo que dan a las teorías conspiranoides como ahora lo dan para que los respectivos gobiernos (central y autonómico) se echen los trastos a la cabeza pensando ambos en la que se viene con el anunciado referéndum secesionista del 1º de octubre próximo con el que, según unos, cambiará la legislación y se podrá pasar a dos Estados. Pero, de momento, solo hay uno.
Finalmente, la constatación de que, por más que se discuta sobre los derechos a la privacidad y la "neutralidad de la red", estamos vigilados. Nada de lo que decimos en la red escapa a quien tenga la tecnología apropiada. No solo para coleccionar "big data", sino para saber qué dijo quién cuándo y a quién, venga o no venga a cuento para la investigación. Tal vez, si no se vigila por mandato judicial, lo que se investigue no sirva para un juicio (es lo que sucedió con el caso Naseiro: lo que decían era real, pero era inútil judicialmente, es decir, no existía judicialmente). En este caso, como lo que está en juego es la defensa nacional y la lucha contra el terrorismo, esas minucias legales no se tienen tanto en cuenta y si uno usa determinadas palabras, ya se sabe que el Gran Hermano le estará mirando. Por supuesto que lo dicho se aplica también a este blog. Véanse, si no, las páginas vistas desde que lo puse en marcha y lo peculiar que es la presencia de algunos países desde los que se ha entrado aquí y que seguro lo han hecho como parte de "barridos" más generales (no me buscaban a mí, sino que buscaban a ver qué caía y se me escapa qué lengua usaban/usan en sus búsquedas):
Por mucho que los "sociólogos computacionales" dispongan de algoritmos para cribar esa cantidad inmensa de información que se mueve al día (la mayor parte, banal o inútil a efectos de represión), no hay máquina que sea capaz de controlar todo el flujo que se está produciendo en este momento. Pero nos vigilan.

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