lunes, 24 de julio de 2017

Ritmos de cambio

La política puede cambiar de manera muy rápida: revoluciones, claro, pero también resultados inesperados de unas elecciones con impacto en la sociedad. Pienso, obviamente, en Trump. La economía, por su parte, cambia, pero de manera algo menos rápida. Cierto que puede haber catástrofes bursátiles de un día para otro o descomposición rápida de un sistema bancario (¿mundial?), pero, en general, las decisiones que se toman en ese campo tienen efecto al cabo de algún tiempo (por ejemplo, inversiones en robots).
Las mentalidades, en cambio, tardan mucho más en cambiar. Ha cambiado la política, se ha trasformado la economía, pero el modo con que se afrontan determinados asuntos (políticos y económicos también) demuestran una inercia mucho mayor. Los viejos sociólogos lo llamaban "cultural lag", ese desfase que se produce, por un lado, entre cómo la gente piensa y, por otro, las condiciones en las que piensa. 
Lo constaté, a escala de vida cotidiana, comparando la Polonia que había conocido pocos días antes del golpe/ley marcial de Jaruzelski y la que conocí cuando ya Walesa estaba en el poder. Cierto que ya no había colas, ni el partido era el Partido, pero las actitudes hacia el trabajo y la política se parecían bastante. En Hungría estuve "después" del cambio, y en Rusia en plena perestroika y no me sirven de término de comparación. Pero sí lo que acabo de encontrar sobre los países  ex-comunistas en la Unión Europea, Hungría y Polonia, que el articulista llama "Estados mafiosos", cosa que me parece exagerada o, por lo menos, comparable con el "capitalismo de amiguetes" al que me he referido hace poco y que se observa en países no precisamente ex-comunistas (por ejemplo, las Españas, Cataluña incluida). En las Españas, por ejemplo, es todavía perceptible lo que puede llamarse "franquismo mental" que se observa en la llamada derecha y en la llamada izquierda. 
"Cultural lag", a lo que parece. En otras palabras, que de ser cierto lo dicho sobre las mentalidades en los ex-comunistas y en los ex-franquistas (no conozco Portugal como para incluirlo en la lista), tendríamos buenos ejemplos de diferencia de ritmo en el cambio. El sistema político es otro. La economía ¿es otra? (amiguetes entonces y ahora, tal vez; como el clientelismo), pero las mentalidades han ido a un ritmo mucho más lento. Cambian, cambian, sí. Pero sin exagerar.

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