miércoles, 12 de julio de 2017

Mentiritas

Confieso que algunas discusiones en la vida política española no me acaban de interesar. No me interesa, por ejemplo, si la palabra “grotesco” para calificar a las Fallas valencianas, diferentes de la Hogueras alicantinas, debe ser entendida según el diccionario de María Moliner o según un buen diccionario de la otra lengua (sea catalán o ese que conciben como totalmente diferente, a saber, el valenciano). El asunto del paralelismo entre Dinamarca y el Magreb por un lado y España y Cataluña por otro, comprendo que provoque encendidas columnas de irritables pensadores. Sin comentarios. No me preocupó si Su Majestad el Rey Emérito había mostrado “disgusto” por no haber sido invitado al evento de la celebración de los 40 años de esta democracia (no de la democracia en general, que ya la había habido antes de Franco). Tampoco me parecen dignas de mucha atención las disquisiciones sobre nación, nacionalidad y plurinacionalidad, para lo que cada maestrillo tiene su librillo (Patxi López le preguntó en campaña a Pedro Sánchez qué entendía por nación, este dio la suya, pero hay más definiciones posibles). En este caso, la definición vigente de tan complicados términos es la que dicte la Constitución y demás leyes generales, todas ellas cambiables como muestra la historia incluso reciente de cambios constitucionales. Algo más me interesan los usos igualmente interesados de palabras como acusado, denunciado, imputado e investigado. Vale la pena levantar acta del uso interesado de la correspondiente palabrita para justificar decisiones previas que poco tienen que ver. Investigado es investigado (dirá la oposición madrileña) y denunciado es denunciado (dirá su alcaldesa). Como se ve, ahí no se trata de la definición de la palabra sino de cuál de ellas, más o menos unívoca en la legislación vigente, se aplica al caso en cuestión.
Corrijo. Me interesan, pero no por lo que signifiquen sino por el uso político que se hace de ellas en curiosos espectáculos de arrimar el ascua a la propia sardina. Porque esa es una de las formas de mentir en política y, por lo que se ve, muy difundida.
Demos un salto geográfico y vayamos a la lista que el New York Times publicó el 23 de junio con las mentiras o falsedades proferidas por el presidente Trump en estos meses. Hay un ejemplo que resulta curioso y se refiere a cuándo, según el presidente, el gobierno chino dejó de manipular su divisa. Tuitero compulsivo y pronunciador de discursos por exigencia del guion, Trump habría dado cinco respuestas diferentes a tal cuestión empezando el 21 de abril y terminando el 4 de mayo. Es obvio que, siendo contradictorias, algunas de ellas, si no todas, son falsas en la mejor de las hipótesis, aunque la peor de estas es que las cinco fueran mentiras: algo que el que la dice sabe que es falso pero que, aun así, lo dice por intereses o por pura inconsciencia. Claro que la manipulación del yuan o renminbi puede tener una importancia diferente a la de la aprobación o rechazo del llamado CETA, el tratado comercial con Canadá, tema en el que el PSOE ha cambiado de opinión en poco tiempo, pasando de ser cosa buena a ser cosa mala.
El cambio de opinión (y este es el caso) no implica necesariamente una mentira, sea cuando se juzgó positivo o cuando se juzgó negativo el tal tratado. Puede ser el resultado de conocimiento de nuevos datos que lleva a cambiar el juicio que merecen. O un reconocimiento de equivocaciones pasadas en el juicio sobre los posibles e hipotéticos efectos que el asunto puede tener sobre el bienestar de la ciudadanía. Pero también puede ser un caso más, como el de Trump, de ocuparse más por los efectos que puede tener una determinada posición que por la posición misma. Si París bien vale una misa, con más razón el poder vale un cambio de opinión oficial, siendo la opinión “verdadera” perfectamente irrelevante.
Mi problema con estos usos de la “verdad” por parte de los políticos y, todavía más, cuando se enfrentan a un tribunal como acusados, denunciados, testigos o investigados, es el descrédito que producen hacia las instituciones democráticas. En el caso estadounidense se ha dicho explícitamente. Pero aquí nos dedicamos a la filología con intención política. Claro que una cosa son los hechos (el kantiano “noúmeno”, lo que la cosa es) y otra la versión que damos de ellos (el “fenómeno”, cómo lo percibimos). Pero nos iría bien discutir menos sobre este último y buscar, democráticamente, el “noúmeno” algo más.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(Por cierto, cuando un periodista recibe una información falsa -probablemente con malas intenciones- ¿debe publicar su fuente una vez sabe que ha sido engañado? Se lo preguntan en otros sitios.
Item más: los “acuerdos” en el G-20 ¿son también un caso de mentiritas piadosas? ¿Y la sutil diferencia entre “movilización” y “referéndum” con la que un partido en Cataluña pretende participar en lo segundo entendiéndolo como lo primero?)

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