jueves, 8 de junio de 2017

Que viene el lobo

Se ha avisado numerosas veces del colapso del imperio estadounidense. Paralelismos con Roma incluidos, se ha ido levantando acta de su lento declinar. Su economía ya no es lo que era, su capacidad de decidir cómo tiene que ser el mundo, tampoco. Ya no es un modelo a seguir por casi ningún país que, más bien, procuran diferenciarse culturalmente del viejo faro que guiaba sus decisiones. Sigue, eso sí, como primera potencia militar, con gasto superior a la suma de los que le siguen en este infame ranking. Pero eso es, precisamente, lo que más podría preocupar, planes de la Unión Europea aparte.
Una caída lenta, como la que se observaba hasta hace poco, tiene una particularidad y es que, llegado a un cierto nivel, puede producir una ruptura, un colapso. Es como ir separando lentamente los extremos de un resorte hasta que el añadido de un poco de fuerza hace que se rompa definitivamente. Tal vez, como decía Péguy en su Eva (la obra que más aprecio)
Et tout ce qui se gagne on peut toujours le perdre.
Mais tout ce qui se perd est vraiment dépendu 
O, como decía Claudel,
Nous sommes partis bien des fois déjà, mais cette fois est la bonne.
Adieu, vous tous à qui nous sommes chers, le train qui doit nous prendre n’attend pas.
Nous avons répété cette scène bien des fois, mais cette fois-ci est la bonne.
En términos más pedestres es como ir añadiendo poco a poco un grado más de temperatura al agua hasta que... rompe a hervir.
Esto es lo que se viene a decir aquí sin tanto lirismo: el colapso. El precipitante, no la causa (que venía de lejos), Trump. Turbulencias, pues, en el horizonte.

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