miércoles, 10 de mayo de 2017

Tres nacionalismos

Es la ideología más extendida en el mundo. Se diferencian por el objeto sobre el que se aplican y, así, tenemos un nacionalismo supra-estatal, nacionalismo estatal y nacionalismo sub-estatal, cada cual con sus problemas propios. También hay diferencias entre lo que llaman nacionalismo político (legitiman una institución política, el Estado sobre todo) y nacionalismo cultural (que se queda a mitad camino y solo reivindican raíces, identidades, lenguas, tradiciones y esas cosas, pero sin pasar al terreno político unitario, independentista o irredento).
Todos ellos generan sus propios mitos para convencer a sus creyentes de la base real que tiene esa especie de religión cívica. Dejando de lado los de lugares lejanos, el nacionalismo europeo ha recurrido a himnos, héroes, cultura y hasta a los embarazos del Erasmus para convencernos de lo razonable que es. El nacionalismo español, el de “unidad de destino en lo universal” en su versión franquista o el de “constitución, constitución, constitución” en su versión contemporánea, tiene, a veces, arrebatos historicistas con viriatos, hispania romana y visigoda, don-pelayos y, por supuesto, con sus voceros literarios y filosóficos. Finalmente, el nacionalismo catalán echa mano también de la historia, convenientemente maquillada (como la de los anteriores), literatura, arte, lengua y costumbres.
El primero quiere una Europa unida bajo una institución única, olvidando que en ese continente hay Estados que no forman parte de la Unión. El segundo, lo mismo, olvidando que hay ciudadanos en su territorio que no están por la cuestión de formar parte de ese Estado. Y el tercero tiene que equilibrar el elemento cultural-lingüístico con la presencia de inmigrantes (“los que viven y trabajan en Cataluña”) y algún que otro territorio como Andorra o el Valle de Arán en los que otros ciudadanos tienen ideas diferentes.
En ninguno de los tres nos encontramos con ideologías abrumadoramente mayoritarias, aunque sus voceros se presenten como portavoces de la totalidad y subrayan el carácter arbitrario y artificioso de sus contrarios. El caso de la Unión Europea es demasiado evidente: abundantes “exit” además del Brexit (FN en Francia, AfD en Alemania, M5S en Italia, PVV en Holanda, FPÖ en Austria son los más audibles, además de los frecuentemente olvidados de Europa del Este). Los españolistas puros (solo se sienten españoles) son un 17 por ciento de los encuestados en febrero por el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas, dependiente del gobierno de Madrid) y los españolistas mezclados (se sienten más españoles que el correspondiente gentilicio local -catalán, vasco, valenciano, murciano, andaluz etcétera-) un 6 por ciento. En cuanto al independentismo catalán, según el “barómetre” de marzo del CEO (Centre d'Estudis d'Opinió, dependiente del gobierno de Barcelona), eran un 37 por ciento los que deseaban un estado independiente.
Hay un caso curioso y son los nacionalismos valencianos, es decir, de la ciudad de Valencia. Y lo es por su división interna dentro de su posible clasificación como nacionalismo cultural y no político (raramente plantean la independencia como objetivo deseable). Me refiero a la escisión entre los que afirman que su lengua propia (al margen del castellano) es una variante del catalán de Cataluña y los que afirman, con el mismo entusiasmo, que es una lengua diferente, absolutamente diferente del catalán, habiendo llegado a solicitar traducción de una “lengua” a la otra en documentos oficiales. No es un caso aislado. Pero el caso valenciano (de la ciudad de Valencia, insisto) levanta pasiones, sobre todo cuando se traduce en las propuestas de los partidos políticos que encuentran ahí un medio de suscitar sentimientos, que no ideas, en sus posibles votantes y olvidan, como los demás nacionalismos, las divisiones internas en su territorio administrativo, como es el caso de las zonas en las que nunca se ha hablado tal lengua o se perdió hace mucho tiempo. Los nacionalistas se sienten legitimados para imponer su lengua sea valenciano, catalán... o castellano, claro.
No es cuestión de hacer un alegato contra el nacionalismo. De hecho, no tenemos mejores legitimaciones para algunas instituciones políticas para las que, guste o no, carecemos de alternativas. El Estado sin ir más lejos. Pero no estaría de más el reducir los sentimientos que suscita y los entusiasmos que provoca en sus versiones más peligrosas para la convivencia humana. Como otras religiones, puede llevar al martirio (“que morir por la Patria no es morir:/ es vivir”, como dirá el himno -nacional, por supuesto- colombiano) o al atentado suicida. O al suicidio colectivo en términos económicos, poniendo la identidad por encima del bienestar. No es un asunto fácil: es humano. Pero demasiado pasional muchas veces.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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