miércoles, 26 de abril de 2017

El voto al PP

Un analista político extranjero y, a pesar de ello, amigo mío, se extraña de la situación española que percibe en encuestas y periódicos. Podría ser peor, pero no es para menos. Por un lado, encuentra un partido, el Popular, que sigue obteniendo intenciones de voto elevadas e incluso, de vez en cuando, ascendentes. Por otro lado, dicho partido aparece frecuentemente en las crónicas de sucesos y tribunales por sucesivos casos de corrupción, no todos “presuntos”, varios ya juzgados y encarcelados, e incluso con líderes llamados a testificar por turbios asuntos relacionados con su financiación ilegal. Asunto este último menor, me dice, si se compara con el enriquecimiento ilícito de alguno de sus militantes desde sus cargos públicos. Intento explicarle la lógica del asunto y me pongo en la perspectiva del votante de dicho partido.
Le explico, en primer lugar, que en España, como en casi todos los países, por no decir en todos aquellos en los que hay elecciones, muchos votantes lo son como lo pueden ser los seguidores (hinchas, “tifossi”) de un equipo de fútbol: que es irrelevante qué suceda en la cancha ya que siempre habrá argumentos para explicar las derrotas y, encima, rachas desastrosas siempre podrán ser seguidas por un “manque pierda”.
Pero llegando a tales votantes y al margen de esta reacción “futbolística”, es comprensible que miren hacia otro lado cuando se encuentran ante delitos o acusaciones más o menos fundadas. Y sus razones son claras. Aunque solo he votado una vez al PP y no pensaba repetirlo (confieso que he votado a cinco partidos diferentes en lo que va de democracia), así veo las razones de esos votantes fieles.
Primero, que “en todas partes cuecen habas”. Y, piensan, están los ERE andaluces, los asuntos de los cursos de formación, el modesto 3 por ciento catalán con sus alzas posteriores y su fuga de capitales por parte de los padres de la patria y familia en medio de su investigación y, haciendo memoria, los casos que han afectado a todos los demás partidos, incluidos los asuntos menores, pero no por ello menos significativos, por parte de los partidos de reciente creación.
Segundo, que muchos de esos casos pueden acabar quedando en nada, “son rumores, son  rumores” infundados. Antecedentes haberlos haylos. O, lo que es peor, son fruto de aviesos jueces vendidos a los partidos de la oposición y que quieren su minuto de gloria que, de paso, favorezca a sus mentores políticos.
Tercero, que, de todas maneras, los asuntos en el candelero actual son asuntos viejos, de otros tiempos. El partido actual ha hecho limpieza y pueden presentarse con la cabeza muy alta ya que han sido ellos (ellas, de vez en cuando) los que han levantado la liebre o han llevado el tema ante los tribunales. Cierto que alguna de estas “ellas” con problemas posteriores “in vigilando”, como dirían, pero eso, de nuevo, es un asunto menor. El caso es que han hecho limpieza.
Hay, además, razones a no descartar en esta aparente contradicción entre judicialización e intención de voto: el comportamiento de los demás partidos. Pasa en las mejores familias. Hubo quien encontró “fuerzas suicidas” que han “tirado por el suelo” a los partidos políticos franceses que han competido en esta primera vuelta de las presidenciales. Sin llegar a tanto, tenemos, en primer lugar, la crisis de las socialdemocracias europeas, con la excepción de Alemania (tal vez por las características particulares de su candidato frente a Merkel) y de Portugal (tal vez porque no se creyeron que no había alternativa a la ideología de la “austeridad” y quizás por ello es de los pocos países europeos que no tienen ningún partido “populista” ni de derechas ni de izquierdas). El caso fue que desdibujaron sistemáticamente su perfil hasta hacerlo irreconocible o adoptaron posiciones erráticas que los electorados castigaron de manera rotunda. Véase, si no, qué resultados electorales ha tenido recientemente el socialista Hamon y qué resultados pueden tener los laboristas de Corbyn en el Reino Unido en sus próximas elecciones generales. Algo así para el PSOE, con la guinda  de su gestión de sus competiciones internas.
El Partido Comunista, desdibujado en Izquierda (algo) Unida y después todavía más desdibujado en Podemos, es otra historia. Tiene, sí, un suelo electoral firme, casi religioso, pero irrelevante.
Y quedan los nuevos en esta plaza, Ciudadanos y Podemos, cuya capacidad de atraer a votantes del PP es harto discutible. Incluso, especialmente Podemos, pueden convertirse en algo que asusta a asustadizos y les lleva a votar al PP. Pues eso.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)
(Si en Francia los pesimistas han tendido a votar por Le Pen -los gráficos son algo complicados, pero muy expresivos aquí-, habría que ver cómo funciona esa variable en las Españas. También, según los estudios que cita el Financial Times que cito, cómo funciona la previsible abstención de determinados grupos sociales que ahora no encuentran acomodo votando a un partido u otro. Podría ser peor: en Europa predomina la “nostalgia” y el “pesimismo”.  Si eso tiene las consecuencias que suponen los trabajos citados por el FT, los augurios son claros. Francia, con la “debilidad relativa de los contra-poderes ” y su “crisis de identidad”, no es un caso aislado. De todas maneras, con independencia de sus resultados, el “problema Le Pen”, es decir, el problema de lo que significan sus propuestas políticas, forman parte de ese mal augurio para Europa)
(Nota: el suelo electoral de cualquier partido, es decir, el número de seguidores incondicionales, puede cambiar y de hecho cambia a lo largo del tiempo. Pero tiene suficiente estabilidad como para que acierten los que creen que los casos de corrupción y sus consiguientes dimisiones y expulsiones reducirán de inmediato y de forma significativa el suelo del PP. Eso dicen desde el partido Ciudadanos). 

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