miércoles, 1 de febrero de 2017

Presidentes traviesos

Imagínese un país enzarzado en una guerra tremendamente impopular (las hay populares, no se me vayan a confundir) y piense que, en plena campaña electoral para ver quién manda en dicho país, se presenta la posibilidad, remota pero real, de poner fin a tan feroz contienda en la que se ha usado todo tipo de armas, tácticas y trucos. Ahora piense en qué opinión le merecería el candidato de la oposición que intentara dificultar al máximo aquella posibilidad, sin excesivos remilgos hacia los muertos de uno y otro bando y, sobre todo, hacia los que más lo sufren: los supervivientes, ya que los muertos muertos están, pero sus familiares sufren su ausencia diariamente. Que ¿por qué lo haría? Muy sencillo: para debilitar a su oponente en el gobierno y, una vez negociadas las cosas bajo manga, presentarse como el salvador de la patria, capaz de haber terminado con tan impopular proyecto.
Ahora imagínese que ese país se encuentra en conflicto con otro diferente y, claro, extranjero igualmente. Y piense que este último consigue secuestrar a un numeroso grupo de ciudadanos del, llamémosle, conflictivo, los encierra precisamente en su embajada local y demuestra una increíble dureza a  la hora de intentar negociar la liberación de los secuestrados. Ahora piense en qué opinión le merecería el candidato de la oposición que intentara dificultad la posibilidad de tal liberación y, negociando bajo manga, propusiera que el secuestro se mantuviese hasta que este candidato consiguiese desbancar al gobernante, momento en el que se instaurarían relaciones mutuamente beneficiosas para ambas partes: yo gano, tú los liberas, yo te premio y hacemos negocios, por ejemplo el que yo te venda armas a buen precio para que tú puedas guerrear mejor con un tercer país con el que no acabas de llevarte bien (ni tampoco el mío tampoco).
Sí, claro. Estoy hablando, respectivamente, de Richard Nixon a finales de los años 60 (se ha recordado, por ejemplo, en el New York Times y en la Public Radio International de la BBC) y de Ronald Reagan a finales de los 80 (posibilidad que ha recordado Newsweek hace unos pocos días). Fuentes nada sospechosas de estar vendidas, respectivamente, al Vietnam comunista de entonces o al Irán chiíta posterior.
¿Serán ciertas? ¿Habrá sido capaz un candidato de “vender” los intereses de su país en aras de su logro de la presidencia, bien supremo por encima de cualquier retórica nacionalera con la que entretener al personal, hacerle ver que “somos los mejores” y que “se hace lo que nosotros decimos”? Sinceramente, no lo sé, aunque le asigno probabilidades diferentes a un caso y al otro. De hecho, me creo más el segundo, que dio paso a un bien documentado esquema ilegal llamado “Irán-contra” que el primero (de hecho, fue Nixon quien, Watergate aparte, pondría fin prácticamente a aquella guerra feroz). Y no puedo saberlo porque, primero, siempre parto de la posibilidad de que me estén engañando y, segundo, porque no hay fuente ab-so-lu-ta-men-te fiable.
Que ¿a dónde quiero llegar? Pues al penoso asunto de la “lluvia dorada” con la que Donald Trump habría mancillado la anterior presencia de su antecesor Barack Obama con la inestimable ayuda de prostitutas expertas en una de las especialidades rusas que es el kompromat, la búsqueda de situaciones embazosas (no necesariamente embarazantes) con las que chantajear a líderes extranjeros (potencial o realmente enemigos) en el caso de que hiciese falta (que nunca se sabe). Pero con una pequeña diferencia y es que este asunto no me interesa ab-so-lu-ta-men-te nada. El papel de las “lluvias doradas” en estas relaciones es tan importante como el que, a finales de los 90, tuvo con el entonces director de un conocido periódico madrileño, si es que la prostituta Exuperancia llegó a tales prácticas financiadas por enemigos periodísticos de aquellos años. Pero “kompromat” lo hubo y, posiblemente, se buscó como tal.
El asunto, en el contexto de los dos anteriores, me interesa en la medida en que introduce dudas razonables sobre lo que se afirma “de fuentes bien informadas” o “de mi contacto en el partido X” o “de agencias de espionaje expertas en el asunto”. Claro que Nixon o Reagan pudieron hacer aquello. Pero también Donald ha podido tener negociaciones bajo manga para recibir ayuda en su proceso electoral, dejar aclarados asuntos petrolíferos con Rusia o adelantar alianzas en el conflicto USA-China. O ser todo ello una sarta de invenciones y quedarse en un imaginario grab her by the pussy. Una sarta de irrelevancias más, con o sin la CNN.
(Añadido el 2: Sobre la guerra de los Estados Unidos en el Mar del Sur chino, véase lo que dice Steve Bannon según The Guardian)
(Añadido el 10: no todo está tan claro sobre la CNN según cuentan aquí)

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