miércoles, 18 de enero de 2017

El poder corrompe

Una posible lista incluye las siguientes noticias: Sacerdotes pederastas, pandillas de eclesiásticos abusadores de monaguillos, obispos adúlteros, entrenadores deportivos violadores (el caso inglés, entre los más espectaculares), bancarios estafadores o abusando de su información privilegiada (“delito del iniciado”) o de la falta de información del cliente ingenuamente confiado, abogados arbitrarios, defensores de “manos limpias” con manos algo menos limpias, catedráticos plagiarios, educadores deseducando de puro maleducados, políticos ladrones (parece que sigue habiendo corrupción, según dicen; y abusos con mucho desparpajo), policías nacionales proxenetas, guardia civiles narcotraficantes, agentes aduaneros dedicados al contrabando, solidarios de ONG robando donativos o inventando “causas justas” y, seguro, me dejo fuera más de una categoría. Sin ir más lejos: empresas farmacéuticas que inventan o promueven enfermedades a las que vender supuestos remedios.
Es, como puede observarse, una lista muy heterogénea en origen, actividades y beneficiarios. Unos tienen elementos sexuales, otros dinerarios, otros de (supuesto) prestigio (el sexo y el dinero suelen ser algo más empíricos). Pero, creo, todos tienen una cosa en común: hace falta algo de poder para poder abusar de él diciendo “tengo algo que tú quieres; si lo quieres, paga y yo impongo el precio”. De acuerdo: el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Pero no siempre. Así que la cuestión no está en el poder mismo (gente con mucho más poder juega mucho más limpio que estos de estas semanas) sino en el uso que se haga del mismo y de la reacción que genere su abuso.
Las reacciones pueden ser muy variadas también. Tenemos, por seguir en esa zona, la “tolerancia cero” hacia curas pederastas proclamada por el actual Papa y el consiguiente tribunal para juzgar los obispos encubridores, cosa en la que alguno de sus antecesores no han sido muy diligentes. O han mirado hacia otro lado cuando se ha tratado de obispos adúlteros y, sencillamente, les han trasladado de destino. O han guardado clamoroso silencio protector en casos tan poco edificantes como los sucedidos en México o en el Perú. Pongo estos ejemplos porque lo son de los dos extremos posibles ante el abuso de poder: rechazo/castigo (si se tercia) por un lado y “comprensión” hacia las debilidades humanas por otro.
De la lista inicial puede decirse que hay casos que sí y casos que no. Que es injusto (o, por lo menos, falso) atribuir a una parte del colectivo las malas prácticas abusivas de la otra parte. Pero también lo contrario: que ponerlos sobre el tapete, reconocerlos, describirlos y, eventualmente, rechazarlos no significa que se esté atacando al grupo en el que se ha producido tal comportamiento rechazable. Encontrar ministros prepotentes e irresponsables no es un argumento contra la existencia de todos los ministros, aunque sean o hayan sido representantes legítimos de una determinada circunscripción electoral. Lo que es grave es dar por hecho que el poder sobre feligreses, monaguillos, clientes ignorantes, ciudadanos de a pie justifica que se utilice tal poder para beneficios personales (o colectivos, que bandas organizadas claro que las hay) sean de la zona corporal que sea, de la cabeza a los pies pasando por todos los órganos intermedios existentes o imaginarios.
Cambiando de tercio, claro que hay abuso de poder en las universidades. Y el plagio va desde el doctorando que paga para que alguien le escriba la tesis hasta al “capo di tutti i capi” que usa como carne de cañón a los/las que saben que su futuro depende del uso que el “jefe” haga del poder del que dispone. Y como en bastantes de los casos antes enumerados, no deja de ser curioso que se dé como “normal” que se presente una tesis doctoral (cuando los tribunales eran de cinco miembros) en la que todos (insisto: todos) los miembros del dicho tribunal encuentran “copia y pega” de las propias obras, que se le eche en cara al candidato y que este quede asombrado de que se le critique por algo tan “normal”, es decir, habitual, corriente, aceptado y hasta aceptable.
De política y policías mejor ni hablamos: el poder, si no tiene algún tipo de control, tiende a expandirse. A la entrada de una de las cafeterías de la universidad de Valencia, y, encima, de ciencias, alguien ha escrito a mano:”Quis custodiet ipsos custodes”, quién vigilará a los vigilantes.
A todo esto, el cuarto poder ¿corrompe? Pues no es mala idea planteárselo y más admitiendo casos cercanos en el espacio y el tiempo que hacen pensar que sí, que corrompe. Pero, como los otros, no siempre. Menos mal. Uffff.

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