sábado, 20 de agosto de 2016

Oposición dividida

Supongamos un país en el que la división electoral básica sea "gobierno sí - gobierno no" y en el que las fuerzas políticas que mayores apoyos concitan estén en los que rechazan al gobierno de ese momento. Obvio que si la oposición está unida y se presenta en un solo paquete, el gobierno está perdido. Pero si la oferta de la oposición se hace en divisiones y subdivisiones irreconciliables, el gobierno está salvado. Piénsese en lo que hubo en Venezuela mientras la oposición estuvo dividida y lo sucedido una vez ha habido un acuerdo entre las distintas opciones. Y piénsese en lo que sucederá en el Ecuador de cara a las elecciones de febrero en las que al gobernante Alianza PAIS se enfrentan por lo menos seis grupos constatables, muchos de ellos formados, a su vez, por alianzas coyunturales entre fuerzas diversas (no he podido menos que sonreír cuando he visto que Juntos Podemos es el nombre de uno de los grupos que forman la Coalición Convergencia Democrática por la Unidad -el subrayado es mío y Juntos Podemos lo es de Paul Carrasco, prefecto del Azuay-).
Algo así estaría sucediendo en España, aunque no exactamente. Cierto que el "no al gobierno" podría convencer a la mayoría de españoles (60 por ciento) aunque el partido más votado sea, precisamente, el del gobierno (33 por ciento). Pero en este caso se trata de un sistema parlamentario: el gobierno se forma a partir de la composición del Parlamento, y aunque la mayoría de la población piense una cosa, la "endiablada aritmética" post-electoral lleva en dirección opuesta. Que en esa están en esta especie de versión celtibérica del mito de Sísifo: un electorado votando indefinidamente, consiguiendo siempre resultados que llevan a una nueva elección, aunque, como comenté ayer, el partido gobernante vea cómo aumenta su porcentaje de votos simplemente por aumento de la abstención entre los votantes contrarios a dicho gobierno.
Un sistema presidencial (como todos los americanos, con sus diferencias en cuanto a la segunda vuelta -en Bolivia se sitúa en el parlamento, en el Ecuador en las urnas-) puede producir presidentes de un determinado partido y mayorías parlamentarias en las coaliciones convergentes unitarias y peleadas entre sí pero opuestas al gobierno. El caso de Allende seguirá siendo el mejor ejemplo. 
En estos sistemas presidenciales suele existir la institución del impeachment, como el que se intentó con Clinton (Bill, no Hillary) cuando el asunto (que los latinos juzgarían banal) de Monica Lewinsky y nadie lo llamó "golpe de estado". Encima, fracasó. Sin embargo, Brasil y Venezuela, donde un parlamento anti-gobierno intenta desbancar a la presidenta o presidente, sí han tenido lo que se ha llamado "golpe de estado" o lo que otros llaman actuación normal en un sistema presidencial cuando el presidente aplica políticas que los anti-gobierno juzgan rechazables. 
El juego sucio se da por descontado. En política, bajo la fría aplicación de las normas, suele haber otro tipo de juegos más o menos subterráneos. El truco, en Venezuela, con un sistema judicial básicamente pro-gobierno, el truco, digo, ha consistido en retrasar al máximo el referéndum revocatorio previsto por su constitución (chavista, por supuesto, dirán algunos). Si el referéndum se convocase ahora, y en las condiciones económicas, sociales y políticas actuales, el gobierno podría perder con facilidad y la oposición, en el caso de que consiguiese un candidato único, podría acceder también a la presidencia, con lo que tendrían ejecutivo y legislativo. Pero si se convoca para el año entrante y, como sería probable, lo perdiese el gobierno, el presidente actual dejaría su cargo y sería sustituido por el actual vicepresidente, con lo que la oposición se quedaría como está. 
Todo esto en un contexto orwelliano de "neolengua" que afecta a estos casos. En el español, se dice que hace falta formar gobierno cuanto antes mientras ese gobierno en funciones retrasa todo lo posible su discusión en el parlamento y amenaza con que, si no se le aprueba allí, las nuevas elecciones, por imperativo legal, se producirían ¡el día de Navidad!. Todos quieren sacar tajada. Electoral, por supuesto. 
Lo de Venezuela me ha hecho recordar la diferencia de vocabulario que utilizaba el presidente Ronald Reagan para referirse a la hoy extinta URSS. Cuando hablaba "urbi et orbe", la URSS era el "imperio del mal" (evil empire). Cuando hablaba a los agricultores  hablaba de "nuestros clientes". Ya que EE.UU estaba exportando productos agrícolas a la maltrecha URSS por los problemas derivados allí de un campesinado alienado y "circunstancias climatológicas inusualmente adeversas" (lo de "inusual" no era del todo cierto). Ahora, en Venezuela, tenemos, por un lado, al "imperio" y, por otro, al incontestable hecho de que los Estados Unidos tienen en Venezuela a su cuarto proveedor de petróleo.
Petróleo, petróleo, Siempre petróleo (y en Bolivia, además, el litio). ¿A qué cínica empresa petrolera le interesaría que en España hubiese un gobierno débil pero sin control parlamentario mientras lleva a cabo prospecciones de dudoso impacto ambiental? Ya puestos, ¿qué impacto ambiental, contra la Pachamama, tiene la extracción del litio? ¿Y la del petróleo en el Yasuní, Ecuador?
La política, ¿retablo de las maravillas? Algo hay de eso.

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