miércoles, 17 de agosto de 2016

Autumno caldo

Otoño caliente. Así se llamó el italiano de 1969 (vivía yo entonces en Roma): huelgas, manifestaciones, inestabilidad, conflictos. En gran parte pasó. Eran, sobre todo, los "metalmeccanici", esos con los que ahora el parlamentario (ex-)comunista no quiere compararse, sobre todo en los ingresos. La lucha de clases ha terminado: hemos perdido.
Pero también este otoño puede ser caliente: más seco y más caluroso que la media de años pasados. No solo cuestión de los incendios y las sequías a escala mundial. Cuestión de temperaturas, sencillamente, mientras volcanes y terremotos tienen otra lógica. Pero caluroso no solo en Italia, claro. Incendios y sequías, efectos del calentamiento global, guste o no guste. Y todos, de una forma u otra, producto de la mano del hombre (y, como se ha visto en Galicia, también de la mujer). Directamente, como en este último caso de la pirómana, o indirectamente por el deterioro de las condiciones mediambientales producidas por la falta de actuación al respecto.
Hay un otoño caliente más: el que describe La Repubblica tomando como referencia lo que la "prensa internacional" ("de referencia") ha dicho a partir de este nuevo "enfermo de Europa", con sus problemas económicos propios (que se lo digan al banco Monte dei Paschi di Siena) aunque no nuevos, sus perspectivas políticas complicadas (el referéndum constitucional que puede ser peor el remedio que la enfermedad -tomen nota los que quieren cambiar en España algunas de las reglas constitucionales: puede ser peor el remedio que la enfermedad-) y con los efectos que tal situación puede tener sobre la ya renqueante Unión Europea y que podrían ser más determinante que el Brexit. Alarma, dicen.

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