miércoles, 13 de julio de 2016

Misión cumplida

George W. Bush descendió, en traje de campaña, al portaviones Abraham Lincoln en el que podía verse una gran pancarta que decía “Misión cumplida”. Estoy hablando de 1º de mayo de 2003 y se refería a la segunda Guerra de Irak, la iniciada en marzo de aquel año. La primera, la de enero de 1991, la había decidido su padre y, si atendemos al general que la dirigió, podría haberse llamado “Misión interrumpida”, interrumpida vaya usted a saber por qué.
De esta, y solo tomando los datos de este mes de julio, se puede decir todo menos que ha terminado. Atentados, desórdenes, inseguridad son el día a día aunque, eso sí, se ha inaugurado una calle en Bagdad, casi coincidiendo con algunas de esas matanzas espectaculares, en honor del José María Aznar que participó en el teatrillo de las Azores junto con otros tres mandatarios de rango igualmente mundial. Es decir, que eran cuatro, no un trío. Si no, que se lo digan a la propuesta para que se discuta en el parlamento portugués el papel jugado entonces por Durao Barroso.
No exagero. Era un teatrillo. La decisión ya estaba tomada, ciertamente la guerra no era el último recurso y, sin duda, no había amenaza inminente por parte del dictador iraquí cuyas armas de destrucción masiva brillaban por su ausencia. Si tales armas fuesen realmente importantes como para invadir un país, seguro que habrá que invadir Corea del Norte donde, además, se podrá usar como argumento la defensa de las tropas estadounidenses destacadas en la zona (No se ría: es el que se utilizó en tiempos de Reagan para justificar la invasión de la isla de Granada en 1983).
El caso español fue curioso. En julio de 2003, Federico Trillo, entonces ministro de Defensa, ya explicó que las tropas de la Brigada Plus Ultra iban a estar en el terreno, pero no en misión de guerra. Bueno, tal vez haría falta algún uso de la fuerza, pero sería mínimo. En julio de 2016, ya exministro, ha afirmado que “España no fue a la guerra de Irak”, razón por la que no se acaba de entender por qué se montó el coro escandalizado cuando Rodríguez Zapatero, a las 48 horas de su toma de posesión como presidente, decidió la retirada de aquellas tropas que, por cierto, alguna baja sufrieron y, seguro, alguna baja causaron. Pero no en acto de guerra, supongo. ¿A qué fueron entonces? Una respuesta demasiado exagerada sería la de los “beneficios que no se pueden imaginar ahora” que, en febrero de 2003, Jeb Bush, el candidato frustrado, anunciaba que traería la intensa relación entre ambos países.
Porque beneficios los ha habido o, por lo menos, se pretendían. Tengo mis dudas para España, pero sí parece que hubo empresas petroleras que entraron en conversaciones con el gobierno británico meses antes del inicio de aquella II Guerra del Golfo. La verdad es que eso ya se sabía en 2011, pero ahora viene con el sello del informe Chilcot publicado también en este mes de gracia.
A estas alturas, y más con el susodicho informe y sus 2,6 millones de palabras, es difícil sustraerse a la opinión de que aquello fue una gran chapuza excepto, tal vez, en la sistemática campaña de relaciones públicas a las que se dedicaron Aznar y Blair a este lado del Atlántico y Bush y los suyos en el otro. Claro que no hay quien se lea tamaño documento que se ha comparado, en tamaño, con Guerra y Paz de Tolstoi y con las obras completas de Shakespeare, pero los resúmenes disponibles son bastante elocuentes y son completados por sendos artículos de personajes poco sospechosos como Hans Blix sobre los motivos posibles de tal guerra y Paul Bremer sobre la falta de planificación del día después, es decir, cuando ya se podría hablar de “cambio de régimen”
Sadam Husein había sido “nuestro” hombre en el lugar cuando se trató de una guerra local entre Irán e Irak. Fue “algo nuestro” cuando preguntó a la embajadora en su país si le daba permiso para invadir Kuwait y recuperar, además del petróleo, la integridad territorial de Irak que le había sido arrebatada por la nefasta negociación Sykes-Picot a finales de la I Guerra Mundial. Y fue el malo-malísimo a partir de entonces. Algo así como Gadafi en Libia. En  ambos casos, lo que queda es un país fragmentado, enfangado en guerras sectarias y de incierto futuro. Todo un éxito. Misión cumplida, pues. Eso sí: de someterse a la justicia, nada.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-. Hay que añadir que lo dicho sobre la calle Aznar en Bagdad es puro periodismo-ficción. Obvio, y más si se va a los detalles del reportaje aquí. Lo que no es ficción es lo que Alberto Piris ha recordado ahora haber escrito en 2003 poco antes de que se iniciara la invasión. Puede leerse aquí -lo recomiendo vivamente- aunque duela)

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