viernes, 22 de abril de 2016

Impeachment en Brasil

Si entiendo bien la narración de The Guardian, lo primero que hay que hacer para entender lo que está sucediendo en el Brasil es no leer sus periódicos o, por lo menos, saber (cosa que no sé) cuáles son los más militantes anti PT. Pero la mecánica del asunto parece comprensible: una mezcla (más o menos fomentada) de descontento debido al cambio en las condiciones económicas y el desagrado ante los casos de corrupción que azotan al país. Cuando el país era un BRICS dispuesto a disputar en grupo la hegemonía estadounidense o, por lo menos, afianzar la propia en Latinoamérica (en conflicto con otros países que desean lo mismo), era cuando la economía era boyante, entre otros motivos gracias a los altos precios del petróleo estatales (recuerdo las torres de extracción que se veían desde la playa de Aracaju). Pero aquellos tiempos pasaron y cuando no hay harina, todo es mohína que se acrecienta ante los sucesivos escándalos, en particular los que afectan precisamente a la empresa estatal del petróleo, Petrobras, una multinacional que se ha extendido por otros países latinoamericanos y no precisamente con tácticas de ONG generosa sino con las previsibles de cualquier otra multinacional.
Ese es el caldo de cultivo. Sobre él, se encabalga el cansancio de una élite que lleva años sin tocar poder, que estuvo mucho más contenta con las dictaduras militares o con políticas del tipo Fernando Henrique Cardoso ("olviden todo lo que he escrito sobre la teoría de la dependencia", como dijo en su primera campaña: él ya lo había olvidado). Y llegó el momento de canalizar el descontento sobre figuras concretas, Dilma y Lula. El descontento no es útil, políticamente hablando, si no se encuentra un enemigo sobre el que descargar la frustración que lo ha producido. Y los dedicados a canalizar ese descontento para que se descargue sobre aquellas figuras, no importa que sean reconocidos corruptos. Lo que importa es el "que se vayan todos", es decir, "que se vayan estos". 
La sociología comparada tendría que llevar ahora a comparar, como acabo de hacer implícitamente, esta situación brasileña con la pasada argentina y la presente venezolana. Y, claro, con el Paraguay. El Ecuador se sale del esquema por culpa del tremendo terremoto que ha azotado sobre todo su costa. El presidente Correa puede tranquilamente aumentar los impuestos que alguno le dice que por qué no fue más previsor. Pero la desesperación genera apatía. Bolivia podrá compararse, creo, en poco tiempo. Pero todavía tiene su propia dinámica: sus gobernantes han sido más inteligentes y no se han convertido en una "república petrolera", Petrobras mediante. Y, por qué no, las Españas y sus fuerzas centrífugas y centrípetas.
Descontento, frustración, agresividad, presentación de un objeto sobre el que descartar la agresividad, utilización por parte de la oposición al gobierno apoyada por los medios propios o afines, venganzas políticas y... después ¿qué? ¿Superación de la crisis? ¿Desaparición de la corrupción? ¿Reinado indiscutible de los derechos humanos? ¿Más democracia? Se verá.
(Añadido el 24: Aquí la versión de Glenn Greenwald en la misma línea)

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