lunes, 11 de abril de 2016

Cuidado con el entusiasmo

Sin entusiasmo, no suele haber acción o, por lo menos, movilización. Sin utopía no se avanza, pero, como ha dicho un amigo en un correo, lo que importa no es la utopía sino avanzar. Algo parecido sucede con el entusiasmo ya que dificulta el razonamiento y la evaluación y, por tanto, el avanzar. El entusiasmo ofusca el razonamiento y casi lo hace innecesario: para qué razonar si ya sabemos que los nuestros tienen/tenemos razón. Y lo mismo sucede con la evaluación: cómo no va a ser bueno y correcto lo nuestro; sería como llamarnos estúpidos por entusiasmarnos por una porquería.
El problema, en política, se produce cuando el entusiasmo se termina. Y puede acabarse por muchas razones. La más evidente es que cambie el viento: si todo va viento en popa, el entusiasmo en fácil o, por lo menos, mucho más fácil que si no hay viento o, peor, si el viento es de proa. Y los vientos del sistema mundial cambian y, por ejemplo, países cuyos ciudadanos se han entusiasmado con la bonanza del petróleo caro, se encuentran, cuando caen los precios, que ya no hay tanto espacio para entusiasmarse. No entusiasma mucho apretarse el cinturón.
La otra razón ya la expuso el clásico: la cualidad carismática del objeto de entusiasmo. Un líder, por supuesto, con características entusiasmantes. He conocido a alguno de ellos y, para sorpresa de los que me rodeaban, no me entusiasmó sino que avisé de lo que vendría después, cosa que sus seguidores incondicionales (después muy condicionales) no entendieron. Bueno, ya me pasó la época de entusiasmarme. Pero, en términos generales, el carisma del líder sufre lo que el clásico llamó "rutinización del carisma", es decir, que no se puede aguantar indefinidamente y la gente comienza a preguntarse si, como el rey del cuento, no estará desnudo (que, por lo general, lo está).
He visto un caso reciente en el que el cambio del viento mundial y la rutinización del carisma han echado abajo a un líder carismático que, sabiéndolo -porque es muy inteligente- no se presentará a la reelección. Me refiero al presidente ecuatoriano actual, Rafael Correa. Los datos son claros.
La reacción de los previamente entusiasmados es imprevisible. El desencanto puede llevar al desánimo y a la apatía, dejando el terreno libre para otros experimentos. Pero también puede llevar a la rabia y la agresividad, cosa menos probable, pero no por ello imposible. En el caso del Ecuador, como en el caso, algo diferente pero con su dosis de entusiasmados, de las Españas es, desde este punto de vista, interesante. Habrá que ver. Supongo que en el Ecuador al triunfo de la derecha de toda la vida y en el de las Españas, con Podemos, a una reducción de sus entusiasmados seguidores.
Pongo esos dos ejemplos porque los tengo más a mano. Pero se podría hablar de las elecciones peruanas de ayer (Wittgenstein: de lo que no se puede hablar, mejor callarse) o de las interminables exaltaciones en los mítines de las primarias estadounidenses.
(Añadido el 12: Cité a José María Ridao, a finales de 2014, a propósito del uso de metáforas en la discusión política que sirven para movilizar pero que no convencen si no van acompañadas de razonamiento. En el caso de las Españas, no hay día en que no se utilicen nuevas metáforas en la relación, que no discusión, entre partidos políticos. Esto sigo pensando: "las metáforas se usan para movilizar y generar acuerdos, pero no convencen. Para convencer, hacen falta argumentos racionales que han brillado por su ausencia. Tal vez por el uso movilizador y manipulador de los sentimientos por encima de las razones, motivos y objetivos)

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