viernes, 25 de marzo de 2016

The best democracy money can buy

Se vuelve a insistir aquí: en el caso del Partido Demócrata, el espectáculo de las primarias podría haber quedado en eso, en un espectáculo, ya que la decisión final se tomaría gracias a esos 700 superdelegados que el "aparato" del partido nombra sin haberlos sometido a ningún tipo de votación: son los que van a inclinar la balanza, en el caso de que haga falta, hacia quien convenga al aparato, es este caso hacia Clinton.
Ya sé que no es lo mismo, pero no he podido evitar recordar las críticas a la democracia iraní donde unos ayatolás (se dice) permiten que unos sean candidatos y otros no. A su vez, este caso me hace recordar el "triunfo" de Bush II gracias a dudosas decisiones por parte de nombrados por su hermano Jeb. Hay más indicadores que terminan poniendo la democracia estadounidense en peor puesto del que sus líderes pregonan y predican. Y casos complejos que reducen el entusiasmo por esas primarias como instrumento claramente democrático o sencillas manipulaciones del derecho a voto.
Quiero decir que en todas partes cuecen habas. Castro senior se refería ante Obana a la cantidad de indicadores de cumplimiento con los derechos humanos y reconocía que su sistema lograba unos cuarenta, mientras que otros no llegaban a tanto (seguro que pensaba en Arabia Saudí, gran aliado de USA, o en Israel y su AIPAC, pero podría haber estado pensando en Guantánamo o en la defensa de la tortura por parte de grupos estadounidenses).
Lo mismo se podría decir de las democracias: ninguna es perfecta y es mal recurso subrayar los fallos ajenos (que los hay) y olvidar los propios (que también los hay). Pero en la lucha política todo vale, incluso la tortura de los datos hasta que confiesen. Y para torturarlos nada como el dinero.

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