miércoles, 9 de marzo de 2016

Contra el exceso de promesas

Seguimos en época de promesas que casi se acercan a la subasta de "quién da más". Como gato escaldado, me permito dar algunos consejos, propios de persona mayor que los da cuando nadie se los pide.
Cuando la promesa sea de una brillante tierra prometida (eso es particularmente válido para los independentistas -que también los hay valencianos aunque no muy numerosos-) pregúntese y pregunte a quien corresponda que por dónde se llega a tal lugar. Llegar, como en el verso de Espriu, a esa tierra “on diuen que la gent és neta  i noble, culta, rica, lliure, desvetllada i feliç”, exige un mapa previo. Decir que está en el Norte no es suficiente. Y tanto da que se trate de una tierra o de una situación sin cambiar el suelo que se pisa: crecimiento, igualdad, servicios públicos-públicos y de calidad y esas cosas. Si no añaden cómo llegar hasta ahí, la promesa puede ser un simple engañabobos.
No vendrá mal que la promesa venga acompañada por alguna indicación de quién tendrá que tomar qué decisión cuándo y dónde. Porque por muy hermoso y floreado que sea el mapa, si no se dice algo sobre quiénes tienen que intervenir en el viaje, sea conduciendo, sea acompañando, la cosa es que pinta mal y en el mismo sentido engañoso al que me acabo de referir. Si el conductor del viaje es el "pueblo", la "nación", la "gente", la "ciudadanía" y demás abstracciones que algunos toman como indicador de populismo, desconfíe. Igual tienen razón y los que lo prometen lo hacen lealmente, pero resérvese el derecho a dudar. Los entusiasmos, para los enamoramientos, no para la política.
Las palabras que acabo de entrecomillar ocultan una realidad: que si están formadas por personas concretas, difícilmente van a estar todas de acuerdo y, peor, puede que con ese brillante futuro unos ganen y otros pierdan o, todavía más problemático, unos estén de acuerdo y otros no. Un 48 por ciento dice que sí y un 52 por ciento dice que esa Arcadia feliz de la "Terra lliure" no les convence. Pregúntese si usted es de los que ganan o de los que pierden con tal viaje y mantenga una duda metódica ante cualquiera que le diga que lo que pretende es el "bien común", bello ideal, pero que resulta difícil concretar en sociedades plurales, divididas y hasta con sectores enfrentados. Y lo mismo sucede si es “España” aquello por lo que se dice estar luchando.
El mundo encantador que se nos promete puede tener efectos secundarios, como todas las medicinas. No estará de más que se pregunte si los efectos secundarios hacen que sea peor el remedio que la enfermedad y si no sería mejor buscar otra medicina que tuviese unos efectos menos dañinos. No excluyo un "virgencita, que me quede como estoy", pero si lo planteara como única opción se notaría demasiado lo conservador que soy. No, no es la única, aunque fue la aparentemente descartada como primera opción.
Una cosa más: no hay “free lunch”, nada es gratis y, en este como en otros terrenos, hay que saber cuánto cuesta el viaje y quién lo paga. Gratis no va a ser excepto en el caso de que se trate de un milagro divino, cosa poco probable. Pero una vez establecido el precio, es aconsejable saber si lo van a pagar los Bancos, los salarios, los recortes, los impuestos (tal vez Hacienda no seamos todos), las sicav, la inversión extranjera (no necesariamente gratuita: hay que pagar las deudas, los préstamos no son limosnas) o las ONG dedicadas al desarrollo y que tienen sus sedes en países desarrollados (lo siento, pero el nuestro es país en vías de subdesarrollo). No es mala idea preguntarse quién y cómo va a financiar la promesa en cuestión.
Un consejo general: separe muy cuidadosamente la retórica política de la práctica política. Por aquello de que una cosa es predicar y otra dar trigo, no haga mucho caso de lo que dicen los políticos y fíjese, sobre todo, en lo que hacen (si es que consigue verlo, que esa es otra). Prometer "sangre, sudor y lágrimas" por parte de quien sufre champán, sauna y excursiones marítimas, es más frecuente de lo que debería si lo que quieren es que les creamos las promesas. Lo más probable es que prometan el champán y nos encontremos lágrimas. Opte, sí, no tenemos otra y es bueno hacerlo. Pero sin necesidad de entusiasmos. Eso déjelo para que lo intenten los que planifican las campañas.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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