jueves, 10 de diciembre de 2015

Me confieso

En varios mensajes entre amigos se me ha cruzado el asunto de Venezuela con el de Cataluña, presentes, tangencialmente, en la campaña electoral española actual. Lo primero contra Podemos y lo segundo a favor (sí, a favor) de Ciudadanos, con un pequeño ramalazo a favor de Podemos y su prometido referéndum.
Obvio que tengo mis preferencias en los tres temas, pero van por detrás de mi deseo de entender a las partes (empatía se llama, que no necesariamente simpatía ni, por supuesto, legitimación). Para los evangélicos de "el que no está conmigo, está contra mí", les resulto o incompresible o ambiguo o traidor o tercera columna. Me la trae al viento. Ya me pasó cuando ETA estaba en el principio del fin y perdí amigos por esa, como ellos decían, "equidistancia". 
Pero me niego a ver el mundo en blanco y negro: toda la verdad en Maduro o toda en Capriles (fea cosa es personalizar, porque impide enterarse de qué va el asunto) y todo el horror, falsedad, intereses espurios, vendepatrias en el otro (táchese lo que no proceda). Una mayor confrontación (probable) a dos (sin olvidar las confrontaciones DENTRO del PSUV y de la CUP -ay, perdón, quería decir MUD-) y con el barril de PEDEVESA a 40 $, si no se cuenta con lo que se pueda estar barruntando en el ejército, son ganas de llenar páginas de periódico. Entiendo los entusiasmos (que no comparto) en esta carnavalera campaña electoral española basada en shows televisivos en los que lo importante es saber "quién gana", mientras no se dice ni mu sobre "qué propone y para cuándo y cómo y a qué precio" y si "Bruselas" les dejaría (que se lo digan a Tsipras). También entiendo los entusiasmos en Venezuela y en Cataluña. Y en España a propósito, sobre todo, de este último tema, aunque parece que este suflé se esté deshinchando por ahora.
Me aburre discutir, así que no he aprendido a hacerlo (y eso que los jesuitas intentaron enseñarme). Al contrario, cuando encuentro una opinión distinta de la mía, intento ver qué puede haber de verdad o de aceptable en la contraria. Por eso suelo contestar con un "de acuerdo" que tanto extraña a los que prefieren discusiones entre gladiadores, morituri te salutant y vae victis. Eso sí: cuando me encuentro ante un poseedor, en plan monopolista, de la Verdad Absoluta, huyo como de la peste, porque sé que ahí tengo poco que aprender, y menos si ese monopolio va acompañado por insultos a los que no gozan de esa visión beatífica del Absoluto.
Descansadito que me he quedado

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