miércoles, 9 de septiembre de 2015

Razas, dioses, naciones (y 2)

Unas pocas reacciones recibidas me hacen volver sobre esos mitos. Lo primero que hay que recordar es que del hecho de que sean mitos (es decir, su base empírica es escasa, no inexistente) no se deduce que sean irrelevantes. Ya lo dije y lo repito ahora.
El mito de la raza sirve ahora para tener objetos sobre los que descargar las frustraciones de las clases medias (sobre todo la parte inferior de dichas clases). Pero sirvió para otras cosas. Por ejemplo, y bajo Franco, para mostrar lo cercano que el régimen estaba del nazismo que dividía las razas en “superiores” (los arios, la “raza ibera” para los falangistas) e “inferiores” (incluso “subhumanos” como se clasificaba a los judíos, raza inferior junto a los gitanos). El efecto inmediato era que los “superiores” tenían derechos sobre los “inferiores”: podían hacer con ellos lo que quisieran, desde la shoah o porraimos (para judíos y gitanos respectivamente), hasta el uso del oro de los dientes para hacer lingotes y esconderlos en un tren en Polonia. No había novedad: la invención del racismo se produjo cuando en Europa (Inglaterra, Portugal, España) hizo falta algo que legitimase la esclavitud en masa, la de los negros que en horribles condiciones eran trasportados a las Américas. No pasaba nada: eran “inferiores”, casi como animales, y los “superiores” tenían derechos sobre los “inferiores”. Digan lo que digan, se puede funcionar socialmente sin razas. Mito descartable, entonces.
La nación es un invento posterior y no tan fácilmente descartable. Se construye primero en la Inglaterra de Cromwell, después en la Francia de la Gran Revolución y finalmente en la Alemania romántica de la unificación, para legitimar al Estado que antes estaba legitimado por el Soberano, es decir, el Rey. Decapitado o guillotinado el susodicho, la legitimación de la estructura política llamada Estado se consigue trasfiriendo la soberanía al pueblo, la gente, la ciudadanía y, finalmente, al elector en el mejor de los casos. Todo Estado, pensarán, tiene que ser una nación y así tendremos un Estado-nación o Estado Nacional. Total, que la nación es el principio legitimador del Estado... mientras pueda, ya que, según algunos cálculos, si hay 200 Estados en el mundo, hay también 2.000 naciones. Si toda nación debe tener su Estado, la cosa se pone complicada. Aún así, no hay disponible un principio legitimador del Estado que funcione tan bien como el mito de la nación. Indispensable. Claro que, como todo mito (y la semana pasada ya me referí al de la raza a este respecto), no todos lo comparten de la misma forma. Si los Païssos Catalans lo son por compartir una lengua (no por la historia, ya que habría que incluir a todo Aragón), no sé qué habrá que hacer con la “francofonie”, la comunidad de hablantes del francés, en América, África y Europa.
Deos fecit metus, el miedo hizo a los dioses. Nace del miedo ancestral a las inclemencias del tiempo, al futuro y a la muerte y de la necesidad de encontrar un entorno de relaciones “fraternales” cuando se vive en un mundo de relaciones darvinistas. Como decía el desaparecido humorista Perich, “la religión es aquello que resuelve los problemas causados por la religión”. Algo hay de eso, pero es obvio que no es todo. Hay problemas que resuelve como digo, de forma que no puedo imaginar un mundo sin ningún tipo de religión (en algunos casos, el nacionalismo adquiere tintes religiosos: hay religiones -“religan” con lo trascendente- seculares y este puede ser uno de ellos)
A pesar de lo dicho, ninguno de los tres mitos puede asumirse como “la” causa de determinados fenómenos contemporáneos. Cierto que hay problemas de violencia racista en muchas partes del mundo, empezando por los Estados Unidos. Y hay igualmente problemas de violencia religiosa (aparecen cristianos ortodoxos contra católicos o católicos contra protestantes que recuerdan “guerras de religión” pasadas o musulmanes contra cristianos o budistas contra musulmanes). Y, sí, hay violencia nacionalista y doy por supuesto que va a aumentar en los próximos tiempos.
Pero en ninguno de los tres casos la raza, la religión o la nación son “la” causa de dicha violencia: se usa el mito para legitimar determinadas acciones o como banderín de enganche o como acompañamiento a un plato principal de intereses de otro tipo (poder, voto, geopolítica, economía, hegemonía etcétera). No se me ocurre pensar que lo de Cataluña está causado por el nacionalismo únicamente o que lo del Estado Islámico está causado solo por el Islam. Se usa como truco, pero yo no.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-. Además de las 2.000 naciones, disponemos de unos 4.000 dioses -entre pasados y presentes: mucha gente ha matado y ha muerto por algunos de ellos- y es imposible saber cuántas razas hay -pero sí si esas supuestas razas se mezclan entre sí, como lo muestran los cuadros del Museo Arqueológico de Madrid: fantástico que cada mezcla tenga un nombre: racismo a la enésima potencia-) 

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