domingo, 13 de septiembre de 2015

Cajas chinas, nuñecas rusas

Comienzo por lo que iría a mi egoteca. 
1. El Gran Jefe (GJ) me citó para las 8:30 y me recibió a las 13:30. Nada que objetar. Supuse que persona de su posición podía tener miles de compromisos y urgencias, así que no dije nada. Entré en su despacho y me recibió con un comentario despectivo hacia mis gafas. Sea. De ahí pasó a echarme en cara el que yo hubiese pedido audiencia aprovechando una ley que, obviamente, no fui yo el que la promulgó. Insistió y callé. En tono no pertinente (es decir, impertinente) me propuso una disyuntiva para que yo resolviese, pero en un tema en el que, a pesar de que soy un generalista, no tengo la más mínima idea. Sugería que la opción caía en su especialidad, no en mi competencia e insistió. Transigí. 
La pregunta es ¿por qué aguanté tanta impertinencia? Pues muy sencillo: GJ controla un bien, para mí importante, para cuya satisfacción dependo de él. Estoy en sus manos y tengo que aguantarme. Es lo que sucede con algunas profesiones  como jueces, médicos o enseñantes que controlan algo importante para el sujeto. Respectivamente, inocencia, salud o aprobado. Cierto que, en este último caso, han aparecido instituciones como la de "defensor del estudiante" que puede reducir la impertinencia del docente, pero, aun así, conozco casos de estudiantes que han tenido que aguantar carros y carretas y, pasados los años, mantienen la espina clavada de la prepotencia del que controla el aprobado. Supongo que podría denunciar al GJ por su mala práctica, pero, infelizmente, el que quedaría desprotegido sería yo, así que me comí mi orgullo y me sometí al maltrato verbal al que fui sometido.
2. Subamos ahora un escalón en ese juego de cajas chinas o muñecas rusas. Hay, en cualquier sociedad, instituciones que tienen poder sobre otras. Por ejemplo (imagino) entre bancos y partidos políticos. Los primeros controlan un bien escaso para los segundos: los préstamos para su funcionamiento y sus campañas. ¿Qué pueden hacer los partidos? Transigir, aguantarse, pasar por el aro. Y seguro que hay más instituciones que pueden permitirse el lujo de ser impertinentes respecto a otras dado el control que pueden tener de bienes muy importantes para estas últimas.
3. Un escalón más: el sistema mundial. La relación entre el gobierno de España y el de Alemania, por ejemplo. No es por maldad, seguro. Es, sencillamente, que cada uno de ellos tiene sus problemas en el escalón anterior (Alemania  con sus bancos y sus empresas multinacionales por un lado y sus partidos por otro). Pero hay un caso que me resulta mucho más interesante: la creciente desobediencia hacia los Estados Unidos. No me refiero a la desobediencia retórica (hablar contra el "imperio" es gratis, sobre todo si se siguen cumpliendo a rajatabla los contratos con el mismo), me refiero, sencillamente, a lo que sucede cuando comparamos la impertinencia que solían tener los gobiernos de dicho país y cómo eran obedecidos "perinde ac cadaver" (que es como Ignacio de Loyola quería que se obedeciese en la Orden que fundó, aunque él no lo cumpliese tan a rajatabla con los papas impertinentes que le ponían trabas) y ahora aparecen más y más desobedientes que se atreven a levantarle la voz como yo, de no haber estado sometido por el GJ, habría deseado hacer y no hice.
Siempre hay alternativas y voy a ver si encuentro una para el GJ. No se trataría de cambiar de GJ sino de hacerle entender al impertinente de ahora que no es los Estados Unidos de los viejos tiempos sino unos Estados Unidos como los de ahora. Que manda, sí, pero ya no pueden permitirse todos los abusos de otros tiempos. Algunos sí, claro. Pero ya no todos.

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