miércoles, 29 de julio de 2015

La abstención que viene

No sé cuánta habrá. Es muy pronto y carezco de instrumentos para su medida. Pero hablando con quienes me rodean y olisqueando en los medios creo que sí puedo encontrar, si no cuánta, por lo menos cuál, qué tipo de abstencionistas se preparan para las elecciones generales (las catalanas son otra historia).
Los primeros abstencionistas que encuentro son los desilusionados. Mala cosa es en política (y lo digo como gato escaldado) ilusionarse, porque tarde o temprano la “rugosa realidad” impondrá su peaje. En las pasadas elecciones locales hubo una cierta sobredosis de ilusión: algo iba a cambiar y, por supuesto, para bien. Los discretos pensaban en que mejoraría y los lanzados suponían que el cambio se iba a notar. Estos desilusionados se encuentran con que las promesas eran de varios tipos y con dos extremos. Por un lado, las promesas falsas. Por otro, las promesas imposibles de cumplir. Dicen que cuanto más sube la mona al árbol más se le ve el  c... Algo hay de eso y algo de eso se podía esperar, al margen de pactos (los conocidos; no sé cómo irían los secretos, pero vaya usted a saber) y de las coaliciones, algunas de ellas tan contra natura que solo podían producir desilusión a los que esperaban algo distinto y no se dejan encantar por detalles anecdóticos.
Después están los sorprendidos. Algunos de estos votaron por miedo, no por ilusión, y se encuentran con que no había tal motivo para el miedo. Eran los que veían (algunos todavía ven, aunque no sé dónde) odio en alguno de los contendientes (que tampoco he podido entender contra quién se suponía que se concretaba el dicho odio). No creo que los que se pueden clasificar en esta categoría  se sientan engañados por  los que les anunciaban tragedias inconmensurables cuando llegaran “esos” al poder. Primero, porque ninguno tiene el poder absoluto. Sus líderes mandan, sí. Y hasta recurren a truquillos y prestidigitaciones varias. Pero eso lo hacen todos. Iglesias lleva su partido con la misma mano que Rajoy el suyo o como le gustaría llevarlo a Sánchez aunque no le acabe de salir la cosa. ¿De qué tenía miedo yo? se preguntan estos. ¿En qué se les ve el odio? se preguntan también. Y no hay buenas respuestas, así que se retiran a sus cuarteles de invierno superando la sorpresa recibida.
Pero hay más. La campaña continua que se está sufriendo desde las elecciones europeas agota a las piedras. Siguen los unos intentando ilusionar a los propios mientras los otros procuran agitar el miedo para mantener lo que se pueda del naufragio. Volver a empezar: ilusionados y asustados otra vez y convenientemente manipulados. Pero aquí aparece un tercer tipo de abstencionista: se trata de los agotados, de los que pedirían, como el rey en Don Mendo, que “cese ya el atambor”. A medida que se acercan las elecciones (no la campaña, que sigue siendo campaña permanente) el “atambor” es cada vez más insoportable para esta gente que, cuando ve salir a uno de nuestros “amados líderes” por la televisión o se huele que hay algún corifeo en los alrededores, le da con entusiasmo al botón del cambio de canales y se pasa a ver lo que sea con tal de no ver cómo repiten, unos y otros, sus respectivos argumentarios, cómo siguen practicando el “y tú más” y como, en realidad, están cumpliendo con el papel que les asigna el libreto de ese gran teatro político, sabiendo que, en cuanto acabe la función, se irán de copas, pactos y componendas. Eso sí, dejando detrás de sí, para los que no hayan cambiado de fuente de información, secuelas de ilusión falsa y odios entre personas. Es tal vez el argumento más duro, aunque no lo parezca: esos políticos que se enfrentan hoy y que hacen que nosotros nos enfrentemos son los que mañana (si no esta noche) estarán celebrando su amistad habiéndonos dejado enemistados entre nosotros. Quien así piensa, se abstiene. No nos merecen.
Son, como pueden entenderse, tres posiciones extremas que, a todas luces, no cubren todo el electorado. Ni al que votará racionalmente ni tampoco al que votará sin saber lo que hace ya que su fuente de “indagación” es solo “su” cadena de televisión. Pero no estaría de más que los políticos metidos a políticos se plantearan estas cuestiones. No para cambiarlas, ya que las reglas del juego son las que son y, si juegas, tienes que aplicarlas. Pero sí para pensar por una vez en el ciudadano corriente.

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