miércoles, 17 de junio de 2015

Voto de calidad

El espectáculo de los pactos en municipios y autonomías ha sido un buen entrenamiento para el que nos espera después de las próximas elecciones generales. Es lo que tiene el fin del bipartidismo. En estos pactos, como intenté exponer hace unas semanas, intervienen tres elementos y es bueno preguntarse por los tres que entran en juego, a saber, la ideología, los intereses y el poder, y cómo se relacionan entre sí.
En teoría, las coaliciones se forman entre los de ideología afín. No tiene sentido que, por ejemplo, Ciudadanos pacte con el PSOE en Andalucía y con el PP en Madrid. Pero pasa.
El otro elemento a considerar es la semejanza de intereses. Me refiero a los intereses que dicen defender y que hace que desde posiciones conservadoras se genere pánico (en parte manipulado) sobre lo que puede hacer Podemos y, desde las contrarias, se produzca un desencanto al ver que el PP va a seguir erre que erre o que el PSOE no se acabe de definir a este respecto.
Sí se define, como los demás partidos, en el tercer elemento: el de la búsqueda del poder, cosa que, al fin y al cabo, es para lo que están. Los críticos internos de Podemos no acaban de entender que si juegas al mus (elecciones) no puedas decir “jaque mate” (cambio social), que es otro juego.
Lo que no me esperaba es que apareciese el “voto de calidad” como argumento para lograr el poder a través de las correspondientes pactos. La expresión se utilizó, después de las primeras elecciones generales, por parte del Partido Socialista Popular (PSP) de Tierno Galván. Sus resultados no alcanzaron el nivel que sus dirigentes esperaban y entonces recurrieron a afirmar que, aunque no habían tenido la cantidad de votos esperada, sin embargo sus votos habían sido de una gran calidad.
A toro pasado, no vendrá mal reconocer que el recurso al “voto de calidad” refleja un cierto elitismo por parte de los que lo usan. En democracia, todos los votos tienen la misma calidad, todos valen lo mismo, y lo único que cuenta en si van unidos a más o menos votos en la misma dirección. Guste o no guste, suena a aquellos orígenes de la democracia cuando no podían votar los no propietarios de tierras, los analfabetos, las mujeres o, en su caso, los indígenas. Y no hay que remontarse mucho: en Bolivia los indígenas pudieron votar desde 1952 y en Suiza las mujeres pudieron desde 1971 en las elecciones nacionales. Un elitista tendría que acabar reconociendo que si pobres, ignorantes, indios y mujeres pueden votar, todos los votos valen lo mismo que el suyo. No hay “calidad” que valga.
Sin embargo, el argumento del “voto de calidad” se ha escuchado en el mercadeo de los pactos, desde Zaragoza (Podemos) a Valencia (Compromís): “mis” votos valen más que los votos de los demás aunque mi partido haya quedado tercero o cuarto. O incluso si hubiese quedado primero o segundo. Declaraciones marginales tal vez, pero no por ello menos significativas.
Plantearlo a estas alturas implica una cierta presunción por parte del que lo esgrime para lograr el cargo que le apetece. Esperable. No me preocupa. Ha habido argumentos todavía más peregrinos en esta contienda postelectoral. Lo que me preocupa es algo que podría reflejar, a saber, la difusión de la idea de que el partido en cuestión ha sido investido de un manto que le da el saberse monopolizador de la Verdad Absoluta (en ideología) o de defensa de los Intereses Absolutos. El saberse (creerse, más bien) propietario de la Razón Absoluta es un peligro para la democracia venga de saberse vocero de los descamisados (sans-culottes), representante de la raza hitleriana, portador del sentido de la historia (el “libertad ¿para qué?” que habría soltado Lenin), cosa que daría a sus votos (o no-votos) una calidad que se la pueden negar a los restantes.
Entre los políticos (profesionales o aficionados) sería deseable la práctica de la duda metódica. Lo contrario es menos democrático. Y peligroso. De todos modos, estas “revoluciones” hay que evaluarlas no en el momento del triunfo, que siempre es entusiasmante o acongojante. La evaluación hay que hacerla, por lo menos, al año de haberse producido la “revolución”, cuando el suflé haya bajado a su estado real.
(Nota: Voto de calidad, según la wikipedia, también es “el voto dado por el funcionario que preside un consejo o cuerpo legislativo para resolver un empate y que solamente puede ser ejercido cuando tal empate se produce”.)
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

1 comentario:

  1. Espero q dentro de 1 año tengamos tiempo a reflexionar, lo cierto es q no le han dado 1 minuto de respiro ni a las candidaturas de unidad popular, ni a los supuestos pactos de palacio, se está creando la expectativa de un cambio necesario y regenerador del maltrecho estado de bienestar, es cierto q todos los votos valen lo mismo, pero y el apoyo mediático, podemos va a pagar su inexperiencia, creo en el derecho a equivocarse gobernando o no, otra cosa es lo q hagan las base¿Qué me dice del pacto en Cantabria, donde el tercero más votado será probablemente el presidente? Me refiero al Sr. Revilla o q sea menos de 1 punto de diferencia como en Aragón, hay otra suma que es el tercero, en este caso podem en Comunitat Valenciana apoyaría a compromís, Eu se ha quedado fuera por la ley electoral del 5%, ¿Porqué no sumamos los votos del cambio? ¿Por qué los electores tenemos que delegar y dejar hacer? Tal vez, los tiempos que vienen son para la ciudadanía cansada y exhausta son por periodos revocatorios, las formas de hacer política las han cambiado las personas más preparadas de la historia de España a la que están obligándola a la diáspora. C's y la jugada de marketing político del Ibex35 sería otro cantar del recuchutado del sistema

    ResponderEliminar