miércoles, 24 de junio de 2015

Si molesta la realidad, se cambian las estadísticas

Sucede ahora por enésima vez. El gobierno británico, ante el aumento de pobreza infantil, está barajando la posibilidad de cambiar el modo con que se define y se cuantifica tal realidad. Para reducir tal "pobreza", por supuesto.
Lo mismo se puede hacer, por ejemplo, con el desempleo, si empleado es el que, en la última semana, ha tenido unas horas de trabajo precario y, evidentemente, a tiempo parcial. La estadística lo dará como "empleado" y así, el caso español es paradigmático, el desempleo disminuye. Ninguna novedad: la después Lady Thatcher hizo lo mismo.
Si un PIB parece que está disminuyendo, nada mejor que estimar el aporte que las putas y los narcotraficantes hacen a la riqueza nacional, incluir sus "transacciones" en el cálculo oficial del PIB y regocijarse por el aumento de dicha variable. Que se lo digan a la Unión Europea.
Si el número de pobres, a escala mundial, parece excesivo, nada mejor que introducir un nuevo y fantasioso criterio para definir pobre a alguien. Ya no será quien no alcance 1 dólar diario (eso sí, a paridad de poder adquisitivo, que un esoterismo de este tipo siempre ayuda a la credibilidad), sino 1,25, que es una cifra más apropiada para reducir el número de pobres (si es que ser pobre es eso). Lo hace el Banco Mundial con toda seriedad.
Hay un medio óptimo para gestionar realidades molestas: evitar las estadísticas. Es el caso de los asesinatos cometidos por policías estadounidenses contra detenidos, sean blancos o negros, que eso no hace aquí al caso.
La regla general ante una estadística (pública o privada, por ejemplo de una ONG) es muy sencilla: si va en contra de los intereses del emitente, las probabilidades de que sea correcta aumentan. Si, por el contrario, favorece al emisor, lo primero que hay que hacer es dudar. Incluso cuando una ONG dedicada, por ejemplo, a la defensa del ornitorrinco expone sus estadísticas sobre la disminución del número de tales animalillos. Siempre se puede suponer que un efecto colateral de tal estadística es legitimar la existencia de tal ONG. No digo que su dato sea falso. Digo que el principio metodológico a aplicar es, de entrada, la duda.
Cierto que más vale tener una mala estadística que ninguna. Pero hacer un alarde econométrico a partir de datos tan manipulados es, cuanto menos, inocente e indigno de reputados académicos. O cómplice.
En otro orden de cosas, la preocupación por el "default" de Grecia oculta un hecho constatable: que hay países cuyo "default" es más probable aunque, tal vez, su efecto inmediato sea menor, pero no por ello intrascendente. Que se lo digan a la portada de The Economist

(Añadido el 25: Una crítica inglesa a la cínica (dice) propuesta británica de cambiar la definición de pobreza infantil y el modo de cuantificarla)

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