miércoles, 6 de mayo de 2015

Nacionalismo electoral

En vísperas de estas elecciones en el Reino Unido, con resultados tan difíciles de pronosticar dado el sistema electoral de distritos uninominales -habría que hacer una muestra representativa para cada distrito, sobre todo si las diferencias entre los principales partidos son muy pequeñas-, este artículo en The Guardian me devuelve a tiempos pasados. Y las posibilidades de acuerdos post-electorales al presente.
En efecto, recuerdo una conversación en un pub cercano a la Universidad de Sheffield. Mis compañeros de departamento se planteaban cuáles eran las señas de identidad de los ingleses, más allá de los tópicos (estos se pueden ver en Asterix en Bretaña). Y reconocían no tener buenas respuestas cuando sí las veían para galeses y, sobre todo, para escoceses (lo de Irlanda de Norte, a lo que recuerdo, no apareció en aquella charla en torno a unas pintas que, sobre todo yo, se trasegaron).
El artículo que cito reconoce que, en otros tiempos (estos a los que me refiero en mi experiencia personal), el sentido de la identidad inglesa era más bien débil. Lo que plantea es cómo ha sido exaltado en la campaña electoral para las votaciones de mañana.
Se dice que la nación es una "comunidad imaginada", es decir, que es una comunidad (no una mera asociación) y cuya imaginación ha de ser compartida, eso sí, a partir de elementos exteriores a los que se les atribuye el carácter identificatorio: lengua, costumbres, historia, tradiciones, espacios, héroes, guerras y todas esas cosas con las que se construye no la nación sino el nacionalismo, es decir, la ideología que defiende que "somos una nación" y, por tanto, tenemos unos derechos especiales por ese mismo hecho. El carácter relativamente arbitrario de algunos de esos elementos no es lo importante. Lo importante es que haya una élite que, con acceso a los medios de comunicación del momento, los muestra como importantes... frente al "otro" (el conflicto con algo o alguien externo tiene esa utilidad: cohesiona al grupo "atacado"). 
El artículo enumera algunos de esos "otros" en el creciente nacionalismo inglés: en sentido negativo, la "inglesidad" es para los que no son escoceses ni galeses (Irlanda sigue sin aparecer), no son "inmigrantes" ni musulmanes ni "extranjeros" en general ("Continente", es decir, la Unión Europea, incluidos).
¿La élite fomentadora de este nacionalismo? El Partido Conservador que quiere erosionar la posibilidad de una alianza Laboristas-Partido Nacionalista Escocés para formar gobierno en Londres. Para los segundos, ningún problema con tal que conseguir nuevas parcelas de poder (en las Españas ha habido varios casos parecidos). Para los primeros, su talón de Aquiles y su esperanza de gobernar, según titula Le Monde. Machacar determinados temas a través de los medios de comunicación de masas es el instrumento. El anticatalanismo en la ciudad de Valencia, pero no en la comarca alicantina en la que vivo, tuvo como instrumento un periódico de amplia difusión, anticatalanismo que sigue hasta nuestros días, igualmente manipulado, esta vez desde algunos sectores del Partido Popular que ha encontrado al "otro" con el que cohesionar electoralmente a los propios. Pues lo mismo.
Claro que hay diferencias. Como las hay entre Londres y los Midlands o entre Sheffield y Oxford. Las hay entre mi pueblo actual (San Juan) y la capital de la provincia, ciudad a la que se le adscribe Playa de ¡San Juan! que nos robaron y que tenemos que reivindicar para recuperar la integridad territorial sanjuanera. En este caso es broma, pero no lo es en el conflicto ante La Haya planteado por el gobierno de Bolivia frente a Chile a propósito de su acceso al mar (el fallo se espera para junio; argumentos bolivianos aquí). Es nacionalismo por ambas partes con la particularidad de que, al tener tan alto contenido simbólico, es difícil entrar en negociaciones. Lo intentaron en un gobierno anterior del MAS y el entonces vicecanciller boliviano llevó adelante unas interesantes negociaciones. Pero el nuevo gobierno chileno (con algún que otro problemilla boliviano) enarboló la bandera de la "integridad del territorio nacional" y las negociaciones se dieron por terminadas. Mejor La Haya, pensaron en La Paz, que dar coces contra el aguijón, por usar frase bíblica. Y, en buena tradición no precisamente de pueblos originarios, mejor una victoria (total, por supuesto) que una negociación con cesiones por ambas partes (que, por cierto, ha sido la política del Partido Popular español con respecto a las reivindicaciones nacionalistas catalanas. Me excuso de elaborar el interés electoral por ambas partes).
El problema con estos nacionalismos es que funcionan como "el aprendiz de brujo": una vez puestos en funcionamiento, es muy difícil pararlos... sin costes electorales adicionales. Como observador de los nacionalismos, habrá que ver cómo evoluciona el inglés.

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