miércoles, 13 de mayo de 2015

Corrupción y paz

Se acaba de publicar Peace and corruption 2015, un estudio del Institute for Economics and Peace analizando la relación entre ambas variables (con todos los problemas que plantea su medición) y recogiendo algunas advertencias sobre países en riesgo ya que una de las cosas que deja claro el informe es que el nivel de corrupción (sobre todo cuando afecta a la policía, el sistema judicial y el gobierno) puede llegar a un punto en el que el impacto en la disminución del nivel de paz (tanto negativa -ausencia de violencia y miedo- como positiva -estructuras-) es fácilmente esperable. Y se produce. En el contexto español, los casos de corrupción policial se multiplican últimamente y los problemas de algunos jueces con la prevaricación, también (algunos ya fueron condenados)
Por mi parte, he publicado en el diario Información -Alicante- mi colaboración de los miércoles con el título de "Corrupción", pensando más en los niveles locales y sin entrar en los estudios comparativos a los que el informe que cito hace referencia (los de Transparencia Internacional y el Banco Mundial). Adjunto el texto de mi colaboración:
“La corrupción no es del PP o del PSOE, sino de personas”. Así titulaba INFORMACIÓN entrecomillando una frase de la entrevista a la candidata del PP a la alcaldía de Alicante que publicaba el pasado día 3. Estoy totalmente de acuerdo. Basta reconocer la evidencia de que “no todos los cargos públicos son corruptos”, luego algo tiene que ver la persona. Doy fe de que “no todos son iguales”. Pero situar el problema únicamente en esa dimensión solo nos deja una forma de solucionarlo: moralizar, imbuir a los cargos públicos de un elevado sentido de la ética. Y no sé cómo se podría llevar a cabo.
Como es sabido, la peor manera de resolver un problema es plantearlo mal. Sin negar las diferencias personales entre honrados y ladrones, se me ocurren algunas formas de dificultar el resolver este problema concreto e innegable.
Lo primero que hay que decir es que la corrupción no es de ahora. Ni tampoco lo es el ruido mediático sobre agua pasada. La diferencia con la corrupción en tiempos de Franco es que, por motivos obvios que espero no retornen, no había tal ruido y, si lo hubiese habido, el medio habría pagado con su existencia el atrevimiento a discutir las bondades del régimen. Sin irse tan lejos, tal vez hayamos olvidado la oleada de denuncias que terminó con los gobiernos de Felipe González. Escribí entonces un librito con el mismo título que esta colaboración y cuando, ahora, la editorial me pidió que lo pusiese al día, fue suficiente añadir la lista de “casos” actuales a la lista de entonces y titular el nuevo librito “Corrupción. Corregida y aumentada”. No hubo necesidad de alterar el diagnóstico ni los posibles tratamientos a dicha enfermedad.
Está por ver si esta oleada de ahora va a tener los mismos efectos electorales que tuvo la anterior. De momento, no los ha tenido. Incluso ha habido corruptos, reconocidos como tales por algún corruptor al menos potencialmente, que han repetido mayorías. Para algo ha de servir el clientelismo y la escasa moralidad personal.
La dinámica parece ser la siguiente: los partidos políticos necesitan ingentes sumas de dinero para mantener sus estructuras, los sobresueldos de sus altos cargos y llevar a cabo las cada vez más costosas campañas electorales. La subvención del Estado no es suficiente, así que destacan a “recaudadores” que permitan mantener el tren de vida y funcionamiento. Estos “recaudadores”, al ver pasar delante de sus narices tales cantidades de dinero (negro, por supuesto), pueden tener la tentación de apartar algunos billetes sea para guardarlos bajo el colchón o, de vez en cuando, llevárselos digamos a Suiza o a Singapur. Obviamente, cuanto más poder tenga el partido mayores probabilidades aparecen primero de “recaudación” y, segundo, de sucumbir a la tentación de quitárselo al partido para quedárselo personalmente, por aquello de que quien roba a un ladrón... Evidente: no todos son “recaudadores” ni todos los “recaudadores” caen en la ocasión de pecar ya no solo contra las leyes sino ahora contra sus compañeros.
Si no se hace nada por detener esta dinámica, los comportamientos se generalizan. Claro que no todos los corruptos comienzan siendo “recaudadores”: los hay que van por libre. Pero si estos primeros pasos se dan con impunidad legal y política, va a ser más probable que se consideren “tontos” los que no se aprovechan de tal situación. No son pocos, a lo que parece, los que piensan que si estuviesen en tales puestos harían lo mismo ya que no se consideran “tontos”. Tonto es, piensan, el que no se aprovecha.
Algo que conviene no perder de vista es el origen de una parte importante de los “casos” detectados y llevados a los lentos tribunales y sus jueces en algún caso ya condenados por prevaricación, con escasos medios desde la policía y la UDEF al juzgado. Resulta que son relativamente pocos los “casos” descubiertos por la autoridad competente. Son escasos, pero notables, los que han sido fruto de una amante despechada o una ex-pareja. Lo frecuente, y es lo que hay que tener muy en cuenta, es que tales casos pasados se conocen gracias a miembros del propio partido o a funcionarios del mismo igualmente despechados. En más de un ejemplo, se trata de ajustes de cuentas entre compañeros (y he estado a punto de escribir “mafiosos”) o efectos de regularizaciones en tiempos de crisis.
Un último punto: de poco sirve aumentar las penas si no crece la probabilidad de ser descubierto y, sobre todo, si no hay prevención, prevención, prevención.

El informe que cito al principio del post permite plantear algunos remedios y, sobre todo, políticas preventivas.

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