miércoles, 1 de abril de 2015

Psicópatas

Son varios los estudios, y no solo recientes, que indican que el porcentaje de psicópatas en la política, las empresas e incluso en las universidades es superior a ese 1-2 por ciento que se calcula para el conjunto de la población. Se trata, no se asuste, de lo que los entendidos llaman psicópata subclínico o integrado y que no es necesariamente un delincuente (no todos los psicópatas son delincuentes ni viceversa).
Los rasgos del psicópata están recogidos en varias descripciones por parte de expertos en la materia no siempre convergentes, pero parece que hay un cierto acuerdo en que los psicópatas se caracterizan por una notable falta de empatía emocional, incapacidad de sentir culpabilidad o remordimiento, egocentrismo excesivo, insensibilidad en las relaciones interpersonales ordinarias, sentido desmesurado de la propia valía, encanto (aunque superficial), ausencia de nerviosismo, tendencia a la insinceridad... Se podría resumir en egoístas, egocentristas y ególatras.
La universidad los atrae, pero no son demasiado peligrosos. De cara al alumnado, existen instituciones para la defensa frente a las arbitrariedades y abusos del psicópata. Ya no las hay tantas para las cometidas con sus compañeros inmediatos ya que otra de las características del psicópata es la facilidad para la seducción y la manipulación y es fácil que encuentren apoyos en los que no los tratan cotidianamente.
En la empresa, en cambio, la cosa es algo más complicada. Como sucede en la universidad, un empleado psicópata puede ser una fuente de sufrimiento continuo para jefes, compañeros y clientes. Pero un jefe psicópata puede ser un peligro para la vida cotidiana del personal y, si me apuran, para los consumidores que recibirán los efectos del desinterés del empresario por lo que le pueda suceder al que, por ejemplo, coma sus productos o los utilice. Hay, cierto, instituciones que intentan aminorar el impacto de estos psicópatas sobre la población. Sobre todo está el Estado que, frente a los que han ido predicando lo de “menos Estado, más mercado”, pone en práctica algo evidente: un mercado puro, sin Estado de por medio, tiende naturalmente al monopolio y se puede imaginar lo que sucedería con un monopolio en manos de psicópatas. Menos mal, pues, que el Estado defiende al mercado libre de sus propios excesos suicidas. Se ha visto últimamente, sobre todo, en el sector energético, financiero o lácteo. Lo del aeronáutico es otra cosa.
Hay antecedentes para la política. En 1930 Harold Lasswell publicó Psicopatología y política. Pero aquí entra otra consideración, la de otro libro, este sobre La personalidad autoritaria, publicado en 1950 por Theodor Adorno y otros. Lo que este último texto explicaba, intentando analizar los efectos del nazismo en la personalidad de los alemanes “occidentales” (los “orientales” no estaban al alcance), es que, primero, dicha personalidad se forma en los primeros años de la vida  y sus efectos se trasmiten a lo largo del tiempo y, aunque debilitándose, de generación en generación (por eso en las Españas se pueden constatar todavía tanto en las derechas como en las izquierdas, ciertos tufillos autoritarios que se vienen heredando desde aquellos tiempos). Y lo segundo, que tal personalidad se manifiesta mediante prepotencia y arrogancia cuando la persona se encuentra arriba en la escala de mando y en sumisión y adulación cuando se encuentra abajo en dicha escala. La misma persona.
Algo parecido debe de suceder con el psicópata en los tres campos que he apuntado: su mando y su rebelión tienen que ver mucho más con la posición que ocupan en la escala de poder que con su personalidad.
Pero, volviendo a la política, y al libro de Lasswell que he citado hace unas líneas, lo que ahora se sabe del psicópata es que su psicopatía es algo que puede ser objeto de grados: existen, efectivamente, escalas para calificar a los psicópatas de un más a un menos. Si ahora el lector repasa las características que he enumerado al principio, verá que no todas se aplican a algunos personajes públicos muy conocidos a los que, sin faltar al respeto y en plan puramente descriptivo (al fin y al cabo no se trata de una enfermedad ni, mucho menos, vergonzosa), se les puede encasillar en este apartado, aunque sí se les apliquen suficientes de dichos criterios como para clasificarlos de esa manera. Pero de ahí a los grandes psicópatas de la historia de este último siglo hay un gran trecho.
No sería mala idea someter a test psicológicos a los aspirantes a docentes universitarios y a políticos. Con el libre mercado, mejor ni lo intentamos.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-. En los tres casos, cuidado con las acusaciones falsas: el acusado o acusada se encuentra en inferioridad de condiciones)

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