jueves, 23 de abril de 2015

Familia vs mercado

Una revista que siempre he considerado librecambista, The Economist, y a la que estoy suscrito, dedicaba su portada del ejemplar 18-24 de abril a uno de los fenómenos menos librecambistas en nuestras sociedades pre- y post-capitalistas: la familia.
Las fantasías que estudié de joven sobre el desarrollo distinguían entre el "achievement" y la "affiliation" como dos criterios extremos cuyo predominio diferenciaban a las sociedades "desarrolladas" de las "subdesarrolladas" (ese era el vocabulario de hace cincuenta años). El espíritu de logro era para las primeras y la adscripción por pertenencia a las segundas. Las primeras, claro, eran librecambistas, lo que contaba era el esfuerzo y el valor personal, mientras que las segundas eran estancadas por el peso de familia, grupos primarios y, en general, tradiciones más o menos identitarias. Confieso que, básicamente, aceptaba tales historias incluso en mi tesis doctoral y, más en concreto, en el acto de defensa: ante un tribunal bien poco laico y secular me atreví a decir que si querían que una sociedad se "desarrollase", había que procurar que superase el peso de la tradición en general y de la religiosa (católica) en particular. Eran otros tiempos.
El "leader" de The Economist plantea una doble constatación. Por un lado, en política abundan las "familias", es decir, los grupos humanos basados en la consanguinidad. El caso fascinante podría ser la contienda electoral del año próximo en los Estados Unidos entre Bush III y Clinton II. Pero hay muchos más casos desde el Perú (el intento de la hija de Fujimori) a los abundantes en Pakistán, India o Kenia. Lo de Corea del Norte es caso aparte. La revista enumera más casos (cito de memoria) y, sin ir tan lejos, podría añadir por mi cuenta casos de mi pueblo (el actual alcalde y su hijo) o de la capital de esta provincia (hay que repasar los apellidos para encontrar muchas coincidencias) o del Parlamento de Madrid (caso más visible, la parlamentaria, hija -"que se jodan"- de un político ya condenado). La primera reacción es suponer que a la política no van los más preparados sino los que tienen apoyos dentro del partido al que se pretende optar para lograr un cargo. Pero es más complicado que eso.
La revista añade casos mucho más sugestivos: los dueños o accionistas mayoritarios de grandes empresas (por ejemplo, añado, de bancos como el Santander o de empresas como El Corte Inglés) presentan porcentajes significativos de hijos o consanguíneos de la generación anterior. Ahí la cosa se pone algo más marinera, porque se supone que el "mercado" premia a los buenos y castiga a los malos y los buenos tienen esos pingües salarios porque saben hacer las cosas mejor que los demás, una vez superado un arduo y trabajoso proceso de selección competitiva entre pares. Sucede, sucede. Pero lo que la revista plantea es que hay casos en que no sucede, no hay "achievement" sino "affiliation" pura y dura. Y si no son hijos son yernos o nueras.
No exageremos. Claro que hay, en ambos campos, una cuestión que tiene que ver con el poder: el que manda, manda, y puede decidir quién va a ser su sucesor (incluso "a título de Rey", como sucedió en España con Franco y el rey Juan Carlos), valga o no valga para el puesto. Pero también hay una cuestión que tiene que ver con la formación: "el heredero" (o "heredera") puede haber obtenido una formación extraordinaria a la que no tiene acceso el común de los mortales, de modo que estará en condiciones muy favorables para "vencer" en la competición para el puesto. Y, finalmente, hay una cuestión de "cultura" (normas, valores, actitudes) que se recibe en la familia. En el ejemplar del 4-10 de abril, la revista recogía una serie de investigaciones que mostraban que la desigualdad ya comenzaba en el vientre materno. Y, por supuesto, continúa mediante las leyes de la herencia (no tanto las de Mendel, que también) sino la de bienes y posesiones.
No parece que haya alternativa más allá de intentar moderar, en aras del sacrosanto "mercado" estas disfunciones creadas por la biología y la sociedad. Pero sí es bueno tenerlas en cuenta cuando se hacen proclamas interesadas a favor de la "igualdad de oportunidades". Es una igualdad, en el mejor de los casos, relativa. Y, si no, que se lo digan a los catedráticos hijos de catedrático. Algún caso conozco y he sufrido.

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