miércoles, 15 de abril de 2015

Cabezas gachas

icen que es un fenómeno nuevo, pero se engañan. Confunden el medio (que sí es nuevo) con el comportamiento (que no lo es tanto). Un caso más de fascinación con la tecnología.
Me refiero a lo que observo en medios públicos que incluyen el autobús, el tranvía, el metro (donde lo haya) y el tren. Se trata de esas personas que entran, se sientan, sacan su phone (sea iphone o smartphone y sus variantes) e, inclinando la cabeza sobre el artilugio, se ponen a ver, leer y teclear (por cierto, con ejemplos de increíble destreza para escribir en un teclado mínimo con un solo dedo).
Excluyo a los que usan el aparejo para escuchar música, porque esos no inclinan la cabeza y, además, no son tan recientes. También excluyo a los que usan su teléfono móvil para informar a la contornada sobre sus problemas empresariales, decisiones lúdicas o localización exacta en el momento. Estos últimos son una tortura impuesta, en los trenes, a los que no han podido comprar un billete de “silencio”: hablan más fuerte hacia el teléfono que hacia el compañero de asiento. Eso sí: confieso que he aprendido mucho sobre la especie humana escuchando esas conversaciones a grito pelado a través del telefonino.
Volvamos a las cabezas gachas sobre su nuevo teléfono. Whatsapp ha dado un impulso notable a dicho comportamiento, tal vez porque, de momento, es gratuito. Pero antes ya había cabezas gachas. Eran los que abrían un libro y se sumergían en sus páginas, sobre todo en trayectos más largos, aunque también en metro (en autobús urbano era menos frecuente, todo sea dicho). O un periódico, aunque ahí, con frecuencia, no era con cabeza gacha excepto con periódicos muy específicos. En todo caso, eran mucho menos frecuentes que las cabezas gachas actuales.
La novedad es la abundancia de tales cabezas (he llegado a constatar mayorías en mi entorno del autobús que me lleva del pueblo a la capital). Pero también las caras: antes era raro que alguien, leyendo libro o periódico, sonriese; ahora casi parece que sea obligatorio acompañar con una sonrisa la lectura que se supone es de un mensaje, sonrisa que se mantiene cuando lo que se hace aparentemente es responder. Si leyeran periódicos no sonreirían tanto.
No hay por qué concluir que, con estas nuevas tecnologías, ha disminuido “la cultura”, entendiendo por tal la lectura de libros. Los libros que antes leían las anteriores cabezas gachas (de las que queda todavía algún que otro espécimen suelto) no eran necesariamente “cultura”. Podían ser simple bazofia.
En cambio, sí parece cierto que esas tecnologías han aumentado las relaciones entre las personas. El correo electrónico ya lo había hecho con anterioridad (me asombro de los corresponsales que, gracias al e-mail, he recuperado). Pero ahora son relaciones más rápidas, inmediatas, con fotos y videos incluidos, con más humor... y con más mala leche, si se me permite la expresión que puedo dejar en “mala idea” o “mala educación”. Es el mundo que primero fue de facebook (ahora algo en decadencia -me di de baja hace ya años-) y ahora es de tuits y wathsapp.
Cuando empezó el mail, hubo algún caso de serios conflictos dentro de organizaciones producidos por la rapidez con la que había que contestar. Ahora puede suceder algo parecido por respuestas irreflexivas.
Lo que ya no sé es hasta qué punto el uso que hacen los partidos políticos de las llamadas “redes sociales” mejora la comunicación o la empeora. Sí me parece que mis compañeros de viaje, con sus cabezas gachas, no están siguiendo la última parida del político de turno que las televisiones se encargan de reproducir. No les veo entre los 90.000 seguidores de este o los 150.000 del otro. Supongo que “seguidores” serán los de siempre (no yo, ciertamente, que continúo con mi diversión: el correo, los buscadores y las páginas de noticias).
Haciendo un balance, las cabezas gachas actuales tienen elementos positivos, sin duda. Pero también dificultan la relación cara a cara, que nada tiene que ver con los xq, bss, tq y demás divertidas formas de ahorrar letras y tiempo.
Y ahora una digresión: en el contexto de la inseguridad que generan esas nuevas tecnologías (no solo por sus fallos), conviene no perder de vista la utilidad que tales mensajes, tales jajaja y emoticonos, proporcionan a los que los analizan, sopesan y sacan conclusiones sea para la política policial o para el marketing que, por fin, conoce a fondo el comportamiento del (posible) consumidor. Baje esa cabeza.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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