domingo, 4 de enero de 2015

Ockham y Wittgenstein

Intentando encontrar las causas de un determinado asunto, opté, frente a mi interlocutor, por la opción más fácil, es decir, la explicación más sencilla. Mi interlocutor me dijo "efectivamente, la navaja de Ockham". No pude menos que emocionarme.
Al irme a sentar en un asiento libre, encontré que había un libro, propiedad del que estaba sentado al lado. Vi que era el Tractatus logico-philosphicus de Wittgenstein. Le sonreí y dije lo de "de lo que no se puede hablar, mejor es callarse" con que termina el libro. Sonrió a su vez y ya no hablamos hasta despedirnos, momento en que le deseé suerte con su lectura.
Hasta ahí, nada de raro. Pero lo fascinante es lo que falta de cada una de las historias.
La primera trata de una conversación con el fontanero que vino a arreglarme la instalación de los paneles solares. Había varias posibles causas de su mal funcionamiento y a mí me pareció que, de todas ellas, la más probable era muy sencilla: exceso de lluvias recientes que habían traído barro y habían reducido la capacidad de los paneles. El fontanero sabía lo de la "navaja de Ockham", el preferir hipótesis sencillas por encima de las complicadas y, sobre todo, retorcidas.
La segunda la he narrado con algo de truco. El libro en cuestión estaba en el asiento junto al del conductor del taxi que es donde fui a ponerme ya que los asientos de atrás estaban ocupados por familiares míos. Era el taxista el que leía a Wittgenstein y con el que intercambié miradas cómplices: el supo que yo sabía que él sabía.
Y ahora las explicaciones de estos "hechos". La más sencilla es que, dada la relativa juventud del fontanero y el taxista, en las Españas se está produciendo una sobre-capacitación en el empleo. Los que encuentran trabajo lo encuentran por debajo de su capacitación. 
Otra es que ambos estudiaron algo que les hacía inempleables en trabajos relacionados directamente con sus estudios y más en condiciones de alto desempleo (¿24 por ciento?).
Y otra es que uno se entretiene con lo que mejor le viene en gana. No sé cómo llegó el fontanero a lo de Ockham (en realidad, a esa cuestión metodológica, no necesariamente a sus textos: podría haber sido en su formación profesional, con lo que las dos explicaciones anteriores no se le aplican). Pero hacía bien el taxista en tener el Tractatus: se puede leer aforismo tras aforismo en las paradas de taxis, entre cliente y cliente. 
No sé. De lo que no se puede hablar, mejor es callarse.

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