jueves, 22 de enero de 2015

Hiper-ricos

Con el Foro Económico de Davos en marcha y como prueba de oportunidad, el Guardian, el Financial Times. el New York Times, la agencia France-Presse y Le Monde (en los de Madrid, El País y el Abc), se hacían un inusitado eco de un último informe de Oxfam sobre la desigualdad de la riqueza a escala mundial (aquí en castellano). Tanta unanimidad llama a sorpresa (otra cosa es que tomen del informe de Oxfam solo los datos que se refieren al propio país: eso es habitual).
En términos generales y redondeando, dice el informe, el 1 por ciento de la población mundial posee la mitad de la riqueza mundial y su situación no hay hecho más que "mejorar", es decir, que la desigualdad a escala mundial ha estado aumentando de manera constatable, por lo menos en estos años de "crisis" que han enviado a la vulnerabilidad a muchas personas.


Esa desigualdad puede criticarse en términos éticos, religiosos (léase el Evangelio)  o ideológicos (la "lucha contra la desigualdad" de los socialdemócratas de antes -los de ahora, ni están ni se les espera, pero peor es a su izquierda y su propuesta de suprimir la ley de la gravedad-). Pero sí parece que es mala para la economía misma. Es decir, si se me permite la metáfora, que se puede estirar un resorte separando sus extremos pero no indefinidamente: al final, se rompe. Pues eso es lo que quieren decir los que auguran malos efectos, tarde o temprano, a la desigualdad de riqueza: que el sistema se romperá tarde o temprano. Y lo que venga después, eso nadie lo sabe. Las "leyes de la Historia" no las conoce nadie.
¿Qué se puede hacer? El informe de Oxfam contiene algunas propuestas, como, por ejemplo, el aumentar la presión fiscal sobre los más ricos. Contra-ejemplo: el presidente Obama se lo ha propuesto y el Congreso, que se ocupa de los intereses de los más ricos -muchos de congresistas ya lo son-, se lo tumbará. En las Españas está de momento en la retórica de Podemos. No sé si durará mucho, vistas las "modulaciones" que ya se han ido produciendo en su programa. Pero como el que gobierne en solitario es poco probable a resultas de las elecciones generales (noviembre 2015 o no más tarde de enero de 2016), la coalición que forme o la que organicen otros no parece que vaya a entrar en tan espinoso tema y, a lo más, se quedará en medidas cosméticas de cara a la galería. El que manda, manda.
¿Se puede acabar con esa desigualdad? Se podría, claro, aumentar la riqueza de "los de abajo", pero con fondos cuyo origen no queda muy claro. Volvemos a lo de Obama: tendría que venir de los impuestos a los más ricos para favorecer, así, a las "clases medias", de las que habla en las Españas el Partido Socialista que fue Obrero Español (PSOE). O se podría igualar por arriba, Robin Hood a lo bestia. Pero también con dificultades: la riqueza es mundial, la política es local -gobierno central en la mejor de las hipótesis, no gobierno mundial, que no existe ni existirá-. En efecto, ese "uno por ciento" son internacionalistas, como también lo son, cuando toca al dinero, los nacionalistas ricos, como los Pujol en Cataluña, que llevan a paraísos fiscales sus fondos (no entro a discutir cómo se han obtenido ni en estos ni en los anteriores, el "uno por ciento"). Pero "all politics is local", que decía Tip O'Neill) en evidente asimetría. Encima, ese 1 por ciento, tiene mucho que ver con las elecciones, por lo menos en los Estados Unidos y, probablemente, en otras partes menos transparentes.
¿Qué se puede hacer etonces? Pues lo que se pueda, que es poco, pero que no en poco. Quiero decir que, frente a la riqueza mundial, se puede hacer muy poco. Pero frente a la vulnerabilidad y pobreza local sí se pueden hacer cosas desde los diferentes gobiernos. 
Hace años, la primera postura era, básicamente, la de André Gunder Frank. La segunda sigue siendo la de James Petras. Se presentaban, como buenos académicos, como excluyentes mutuamente. 
Creo, sin embargo, que ambas son ciertas, es decir, se corresponden con las posibilidades reales: el sistema mundial no hay nadie que tenga capacidad de cambiarlo -"no hay escapatoria para las leyes de la economía mundial", que rezaba un artículo de Frank-. Cambiará probablemente, fruto de la creciente desigualdad que lleva a la ruptura. 
Pero sí se pueden hacer cosas a escala local (gubernamental: ese era el error del "pensar globalmente, actuar localmente": que se olvidaba del Estado) sin engañar sobre los límites reales de la acción posible, pero subrayando las posibilidades igualmente reales que sí están al alcance de los gobiernos. Hablar de "límites" no parece que encaje con el "márketing político" al uso, pero así es la "rugosa realidad". 
Defenderse desde lo estrictamente local es otra opción. No cambia el sistema, pero satisface las necesidades inmediatas de las personas concretas. Petras no lo veía de esa manera: afirmaba que esa huida hacia lo local detraía energías para lo importante: el cambio de gobierno y de sistema estatal. Es posible, pero comprensible. Primun vivere, deinde philosophare. En todo caso, esa retirada defensiva a lo local (de la que también hablaba Frank), difícilmente va a cambiar la hiper-desigualdad a escala mundial.
Concluyendo: larga vida para los hipre-ricos, pero no hay mal que cien años dure. Tal vez yo ya no lo vea, pero se verá. Eso creo, por lo menos. No son dioses: eternos, omnipotentes, omniscientes y omnipresentes. Algo es algo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario