miércoles, 10 de diciembre de 2014

Dejen a Dios en paz

Jerusalén ha sido ocupada, a lo largo de la historia, por babilonios, persas, griegos, romanos (en tiempos de Jesús de Nazaret sin ir más lejos), mamelucos, turcos, ingleses y jordanos. Los últimos ocupantes han sido isralíes que la conquistaron y anexionaron en 1967. Durante siglos, la ciudad y sus alrededores ha sido objeto de masacres, muchas veces contra los filisteos (pilistines, palestinos) que la habitaron originariamente y contra los que lucharon cruentamente los judíos que aquellos míticos años habían vagado por el desierto bajo Josué (y, antes, Moisés). Muchas de esas muertes fueron llevadas a cabo en el nombre de (su) Dios y hoy en día la “explanada de las mezquitas” o “monte del templo” (táchese lo que no proceda) sigue siendo el desencadenante de sucesivas provocaciones y violencia consiguientes.
Dentro del Islam, chiítas y suníes se enfrentan sobre todo en los territorios que separan ambas variantes. Aunque las decapitaciones llevadas a cabo por los suníes del Ejército Islámico son presentadas espectacularmente en los medios cuando se trata de “occidentales” asesinados, el hecho es que, en sus movimientos por Irak y Siria, sus mayores “enemigos” son los chiítas, herejes desde su punto de vista.
Los rohingyas, una comunidad que practica el Islam y habla una lengua indoeuropea, sufren una particular opresión por parte del gobierno de Myanmar y las matanzas de 2012 les tuvo por objeto a manos de budistas, una curiosa religión “sin dioses” y pacifista, lo cual no les impide ser particularmente violentos cuando se trata del “ojo por ojo” de las emparentadas religiones del Libro (por orden de aparición, judíos, cristianos y musulmanes).
A los europeos no tendría que extrañarnos. Se conocen abundantes guerras de religión “contra el infiel” (cruzadas, reconquistas) y dentro del cristianismo mismo, que son las que son clasificadas como “guerras de religión”, como si las otras no lo hubiesen sido. ¿Lo fueron? ¿Lo están siendo? No lo tengo claro.
Las guerras de religión intra-cristianos fueron guerras entre reyes bajo el rótulo de “cuius regio, eius religio”, la religión del país será la del soberano (que no era el pueblo, sino el rey). La religión servía para etiquetar al enemigo y para enfervorizar a los soldados que sabían que estaban luchando por la Verdad y contra el Error (la herejía, la religión falsa). Anteriormente, las cruzadas (“Dios lo quiere”) tenían más que ver con presiones demográficas, crisis económicas y agendas de los reyes que con la lucha contra el infiel.
Creo que algo semejante está sucediendo ahora. Se trata de grupos con agendas políticas concretas, muchas veces extremadamente localistas, que utilizan la religión como medio, no como causa. Al fin y al cabo, generalmente uno no elige su religión. Es nacido en una u otra y tiene que ver, por tanto, con pertenencia a grupos sociales concretos, definidos según los criterios habituales de lengua, “raza”, renta, poder y, sí, religión, aunque la mayor parte de las veces ocupe un lugar secundario.
En la sociología de las religiones que estudié de joven (sociología de tipo estadounidense, como casi siempre), se analizaba el caso de sociedades multi-religiosas (la de los Estados Unidos, por supuesto) y se constataba el hecho de que había una cierta correlación entre “clase social” y “religión” de forma que si alguien ascendía en la escala social, era frecuente que cambiase de religión para acomodarla a su nuevo estatus social.
Hay otros casos que también se estudiaban y ahora se constatan: el de la adscripción a religiones o a variantes de las mismas que generan fuertes lazos colectivos. Es fenómeno propio de grupos sociales que sufren procesos de descomposición por cambios, por ejemplo, en su estilo de vida, pasando de nómadas a sedentarios. Para ellos, el “culto” (las variantes evangélicas del cristianismo) cumple la función de recomponer la comunidad en una sociedad que podría aislarles.
No puedo negar el papel de las religiones en aquellos enfrentamientos del principio. Por más que me cueste atribuir a las religiones el papel de “causa” de los tales enfrentamientos, no puedo negar que, como formas de ver el mundo, tienen efectos en el comportamiento de sus fieles o, para mejor decirlo, en el comportamiento de los que han recibido tales pautas culturales. Pero poco más, aunque con una observación adicional: una vez se introduce la religión en la contienda, resulta mucho más difícil resolver el conflicto que subyace a la violencia. El caso Palestina-Israel es palmario y TheEconomist, el mes pasado, titulaba un reportaje sobre el asunto con las mismas palabras que he usado yo ahora.
(Publicado hoy en el diario Información -Alicante-)

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